La cultura del fútbol es de lo primero que se aprende en Argentina. De chiquito te enfundan en la camiseta de tu club o de la Selección. Y ahí estás, sin saber qué es el fútbol pero te ponen una pelota cerca y la pateás. A los pocos que tienen el instinto de agarrarla con la mano los retan o los prueban de arquero.
Para muchos de nosotros ese bautismo queda impregnado en la piel, en la sangre. Y ya no habrá manera de que no seamos eso que somos como pueblo: futboleros.
A otros, en cambio, esas células les quedan dormidas, dando vueltas por el cuerpo, hasta que cada cuatro años se despiertan, se activan con una intensidad inigualable. Un sentir patriótico que excede cualquier conocimiento del juego o experiencia previa más allá de las Copas del Mundo.
Caminás por la calle y te cruzás, cada día que pasa desde el inicio del Mundial 2026, el 11 de junio, con más y más remeras de Argentina, desde la último modelo hasta la más retro o improvisada. Porque Lionel Messi lo intenta una vez más y, por si fuera poco, mete goles de a montones a los 39 años. Porque los triunfos entusiasman, reúnen, generan charlas futboleras o preguntas de las más estrambóticas: ¿por qué cobran offside si no fue gol?
Entre la calma de la fase de grupos y la tormenta de emociones de cada partido de eliminación directa, hasta el más reticente se engancha. Es inevitable: la pelota se lleva puesto todo. Porque es mucho más que fútbol.
Y como es mucho más que fútbol, un partido, contra Inglaterra por las semifinales, se transforma en lo único de lo que se habla en el país. Diego Maradona, las Malvinas, que son argentinas y el mundo se vuelve a enterar de eso, Lineker y Valdano como narradores de una historia que nos une y nos repele al mismo tiempo. El golazo de Enzo Fernández y el cabezazo agónico de Lautaro Martínez hacen flamear las banderas celestes y blancas.
Entonces, llega el 19 de julio, resaltado en el calendario mental y también en el de papel que aún resiste al paso del tiempo. Unos y otros nos juntamos a compartir una final del Mundial. Una más. Porque juega Argentina, claro. Y hay que estar ahí. Para abrazarse con uno que no te acordás ni cómo se llama, porque es amigo de tu amigo que te invitó. O para entristecerse cerca de esos mismos.
Las atajadas de Dibu Martínez estiran una definición que se pone cada minuto que pasa más cuesta arriba. Con uno menos por la roja a Enzo Fernández, con jugadores fundidos que no pueden juntar tres pases para que la pelota no sea todo el tiempo de España. Con Lautaro que se queda en el banco por los cambios obligados por lesión, pero alguno de los menos acostumbrados pregunta por decimocuarta vez si no lo pueden meter a la cancha. Con ese gol de Ferrán Torres que nos vuelve a igualar a todos porque es una piña a la mandíbula. Con esos intentos desesperados que ya sabemos que no van a prosperar pero nos aferramos a la épica para creer que sí.
Ya está, se terminó. Se hizo lo que se pudo, que fue muchísimo.
Ya no importa si la semana que viene vas a estar como loco por el próximo partido de tu equipo, estar pendiente de la lesión de tu figura o viendo si al final contrataron, o no, a ese que va a revolucionar el barrio. Tampoco si vas a apagar tu pasión futbolera hasta 2030. Durante 39 días sentimos lo mismo, pensamos en lo mismo y soñamos con lo mismo.
La tarde gris, con algunas gotas que se mezclan con las lágrimas, no puede ser mejor escenario para una despedida de lo que pudo haber sido. “Duele con el alma”, como dijo Scaloni antes de llorar a mares.
