Los casi 30 minutos de exigencia a los tres porteros mexicanos pareció incomodar a Javier Aguirre.
LOS ÁNGELES -- Nunca el paraíso estuvo tan al alcance del pecado. Diez dólares. Sí, el acceso al paraíso para los mexicanos para abrevar el bálsamo que cure la nostalgia, la añoranza, la distancia, los vacíos en el alma, y hasta llevar a los escuincles a que vivan, desde el exilio involuntario el aroma a lo verde, el verde del pasto y el verde de la camiseta. Porque sí, para que hasta el martirio de la frustración mundialista se convierta en parte del ADN. La genética de la resignación.
Sí, unos cuantos miles de aficionados mexicanos se acomodaron en una de las tribunas laterales del Rose Bowl de Pasadena. Por diez dólares casi dos horas de esparcimiento. El disfrute de ver a los 28 de Javier Aguirre, cuya lista de 26 ya fue confeccionada y entregada a la FMF. Sí, el juego ante Australia dejó de ser el catalizador de sus dudas, gustos, intenciones y cábalas.
Y los cientos de aficionados saborearon la jornada de entrenamiento. Fue, seguramente, la mayor proximidad que estos seguidores tendrán de ver a los legionarios del Vasco, ante los precios desorbitantes y la ruta agreste del Tri en las dos primeras fases de la Copa del Mundo.
El mejor momento de esa sesión abierta del entrenamiento, que pareció incomodar al mismo Aguirre, fueron los casi 30 minutos de exigencia a los tres porteros mexicanos: Guillermo Ochoa, Carlos Acevedo y Tala Rangel.
No sólo fue intenso ametrallamiento, sino además marcó exigencia y motivación a los jugadores que remataban y a los que defendían. Años, decenios hace que la selección mexicana ha impuesto su propio muro fronterizo para separarse en las prácticas de la afición mexicana. Los únicos lazos afectivo que importan son los que engordan la ya de por sí obesa tesorería de la Federación Mexicana de futbol.
Los jugadores hicieron su parte, Tal vez no para seducir a la población inquieta, vociferante, festiva de la tribuna, sino también mandarle mensaje a Javier Aguirre de que su nombre debe ser garabateado con dudas o sin ellas, en la lista final del Tri. Ellos creen en el suspenso. Si supieran…
Ochoa, Acevedo y Rangel respondían a la artillería. Atajadas a los costados, reacciones rápidas en los rebotes, serenidad en los fogonazos al cuerpo, aunque también un par de balones se escurrían bajo la humanidad de los guardametas. Claro balones que reventaban en los metales y unos cuantos que terminaban en la tribuna de la cabecera cubierta con una lona.
Remates impecables de cabeza de Santi Giménez, de Raúl Jiménez, del Memote González, y hasta peripecias acrobáticas de Gil Mora. Julián Quiñones encontrando resquicios pegados a los postes. César Huerta cazando balones e intentando remates. Balones que acalambraban postes y travesaño.
En esa coreografía festiva de asaltantes y asaltados en la cancha, la afición organizaba olas de poco impacto, pero bufaba, gruñía y aullaba, ante los lances individuales. Se regodeaban de felicidad, como asumiendo, entendiendo, creyendo, que los eventuales ungidos por Javier Aguirre, serán sus mejores representantes, no sólo este sábado ante Australia, sino en la Copa del Mundo, encarando a Sudáfrica, Corea del Sur y Chequia.
La sesión terminó con el acercamiento soñado, para que el testimonial quede impreso en la memoria de los celulares o con los garabatos en camisetas, banderines, y hasta en la piel, con la firma final de autógrafos de los jugadores. Diseminar alegrías sólo necesitaba de gestos y segundos.
La pregunta cabe. La parafernalia generosa del Media Day del jueves, y esta apertura de los entrenamientos, se convertirá en una rutina de reencuentro entre la Selección Mexicana y su feligresía en Estados Unidos. El tiempo y el negocio lo dirán. Obviamente los mejores argumentos vendrán de las recaudaciones más que de sentimentalismos.
Sí, el paraíso prohibido, por la frontera, por la distancia, por los costos, por el arraigo, ese paraíso emocional y nostálgico llamado México, recibió unas cataplasmas de fascinación festiva. La Selección Nacional estará muy lejos en el Mundial, pero por casi un par de horas, estuvo al alcance de la mano… a sólo diez dólares.
