¿Cómo se recordará la campaña de la Selección Argentina en el Mundial 2026?

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¡Messi arribó a Rosario! (1:51)

"Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo", así sonaban las estrofas de la canción que eligió el pueblo para La Scaloneta. El último tango de La Pulga en New York. El campeón defensor a la altura de las circunstancias: un equipo que no alcanzó su plenitud futbolística, pero que conectó emocionalmente con la gente. Que reescribió libretos para ganar partidos imposibles. Que supo luchar para imponerse a escenarios adversos.

El equipo de Lionel Scaloni no pudo repetir el título conquistado en Qatar, pero alcanzó otra final impulsado por los ocho goles y cuatro asistencias de Lionel Messi, remontadas inolvidables y una resistencia que solo España consiguió quebrar.

¿Cómo se recordará la campaña de la Selección Argentina en el Mundial 2026?

Probablemente no sea por la final perdida ante España. Tampoco por el juego irregular de un equipo que llegó condicionado físicamente y que, a medida que avanzó el torneo, debió sostenerse más desde el carácter que desde el dominio.

El pueblo argentino recordará este Mundial a partir de una imagen, una frase y una noche.

"Las Malvinas son argentinas".

La bandera acompañó el triunfo contra Inglaterra y convirtió aquella semifinal en algo más grande que un partido de fútbol. Argentina perdía 1-0 por el gol de Anthony Gordon, estaba a pocos minutos de entregar la corona y parecía quedarse sin fuerzas. Entonces apareció Lionel Messi.

Primero asistió a Enzo Fernández para el empate, en un golazo fuera del área que quedará guardado entre los mejores de la historia. Después, con el partido en tiempo de descuento, le puso la pelota en la cabeza a Lautaro Martínez para que el Toro completara la remontada y desatara un festejo que atravesó fronteras, generaciones y recuerdos.

Fue imposible no pensar en México 86. En La Mano De Dios. En la corrida memorable de todos los tiempos.

No porque las historias sean iguales ni porque un resultado deportivo pueda colocarse a la altura del dolor que forma parte de la memoria nacional. Pero el fútbol argentino construye sus propios puentes emocionales. Cuarenta años después de aquella victoria inmortal encabezada por Diego Maradona, la Selección volvió a eliminar a Inglaterra en una Copa del Mundo, otra vez conducida por su capitán y bajo una reivindicación que excede cualquier cancha.

En 1986 fue Maradona. En 2026 fue Messi.

La escena quedará guardada en la memoria colectiva: la bandera con la reivindicación argentina, el equipo al borde de la eliminación, Messi entregando las dos asistencias y Lautaro corriendo para celebrar el gol que depositó al campeón defensor en otra final del mundo.

Una primera ronda sin sobresaltos

Argentina comenzó el Mundial con autoridad. Atravesó cómodamente la fase de grupos y consiguió tres victorias ante Argelia, Austria y Jordania. No necesitó remontadas, tiempos suplementarios ni esfuerzos desesperados. Lo hizo casi al trote: controló los partidos y confirmó rápidamente su clasificación.

Lionel Messi fue la gran figura de aquel comienzo. El capitán hizo cinco de los goles argentinos en los dos primeros encuentros y dejó claro que su participación no tendría un carácter testimonial. A los 39 años, seguía siendo el futbolista alrededor del cual se organizaba todo el ataque de la Selección.

La primera ronda ofreció una imagen engañosamente tranquila. Argentina parecía haber encontrado continuidad respecto del equipo campeón en Qatar. La estructura se mantenía, los resultados llegaban y Messi resolvía las dificultades antes de que se transformaran en problemas mayores.

Sin embargo, las señales físicas ya estaban presentes.

Dibu Martínez y Julián Álvarez habían llegado tocados. Otros integrantes importantes acumulaban desgaste después de una temporada extensa. Scaloni hizo pocos cambios y sostuvo la base histórica del equipo. Las principales modificaciones fueron los ingresos de Gonzalo Montiel, Giuliano Simeone y Nico González, en distintas instancias de la Copa.

Los jóvenes casi no tuvieron participación. Valentín Barco y Nico Paz apenas aparecieron, mientras que Marcos Senesi, último pasajero de la lista, debió esperar hasta el tramo final del torneo para tener protagonismo.

La fase de grupos fue cómoda. El verdadero Mundial de Argentina comenzó cuando ya no hubo margen para equivocarse.

Los caballeros de la angustia

A partir de la eliminación directa, cada partido se convirtió en una prueba de supervivencia.

Argentina necesitó el tiempo suplementario para superar a Cabo Verde. Después quedó 2-0 abajo contra Egipto y estuvo cerca de despedirse del torneo, pero reescribió el libreto a tiempo y ganó un paritdo de esos que parecen imposibles. Cuti Romero, Messi y Enzo Fernández participaron de una remontada que confirmó una característica central de este grupo: la capacidad para rebelarse cuando todo parece perdido.

Frente a Suiza volvió a sufrir. Empezó ganando Argentina con gol de Alexis Mac Allister, pero luego le empataron. Fue malo el partido de la Selección, y lo ayudó la expulsión inocente de Breel Embolo. Con un jugador más, el partido se extendió, el rival resistió y la Selección debió buscar la clasificación desde el esfuerzo, la paciencia y la angustia. Lautaro Martínez primero, y Julián Álvarez con un golazo después, pusieron el 3-1 para avanzar.

Algo quedaba claro: Argentina ya no era el conjunto equilibrado y dominante de Qatar. Era un equipo obligado a resistir.

Los caballeros de la angustia.

No controlaban todos los partidos ni conseguían imponer siempre su juego, pero jamás abandonaban la pelea. Primero hay que saber sufrir: la Scaloneta avanzó como si cada ronda fuera una prueba de fe. Cuando el fútbol no aparecía, quedaban el carácter, la experiencia y la certeza de que todavía podía ocurrir algo mientras Messi estuviera dentro de la cancha.

Lionel Messi, ocho goles y cuatro asistencias

El Mundial de Lionel Messi no fue un homenaje ni una despedida simbólica. Argentina necesitó que su capitán siguiera siendo decisivo y Messi respondió con una producción extraordinaria.

Marcó ocho goles, entregó cuatro asistencias y participó directamente en doce tantos. Fue el goleador, el organizador y la referencia obligada para sus compañeros. Messi era el refugio ofensivo de un equipo que encontró cada vez menos soluciones colectivas a medida que aumentaba la exigencia.

En algunos partidos pudo dominar desde el comienzo. En otros debió administrar energías, esperar y elegir el momento exacto para intervenir. La Selección le entregó la pelota cuando no encontraba caminos, cuando el rival cerraba los espacios y cuando el partido parecía escaparse.

Messi ya había cargado con la responsabilidad de conquistar el Mundial en Qatar. En 2026 asumió una tarea diferente: sostener a un campeón que comenzaba a sentir el paso del tiempo.

Y su actuación más recordada no llegó a través de un gol.

Inglaterra, la noche que definió la campaña

El partido que probablemente represente mejor el Mundial de la Selección Argentina no fue la final. Fue la semifinal contra Inglaterra.

Anthony Gordon abrió el marcador y colocó al campeón defensor frente a la eliminación. Argentina no encontraba profundidad, las piernas comenzaban a pesar y el tiempo se consumía. Inglaterra retrocedió para proteger la ventaja y fue esa decisión la que decretó un pecado de ingenuidad. Porque le entregó la pelota y los espacios a un equipo con hambre.

A un grupo que ya había aprendido a convivir con el abismo.

Fueron los mejores treinta minutos de Argentina en la Copa del Mundo. Y hubo premio. A los 85 minutos, Messi encontró a Enzo Fernández y el mediocampista marcó el que será uno de los goles más importantes de la historia de la Selección para despertar el festejo de Topo Gigio. Y cuando el encuentro parecía viajar al tiempo suplementario, el capitán volvió a intervenir. Su segunda asistencia terminó en el gol de Lautaro Martínez y en una de las celebraciones más intensas de todo el torneo.

Messi no hizo goles aquella tarde. Pero estaba angelado, como si Diego, en algún lugar, lo hubiese empujado con su determinación a conquistar otro imposible. De su zurda de Dios ocurrió el milagro: sus dos pases de gol fueron la obra de un jugador capaz de gobernar el partido sin aparecer en la definición.

Lautaro completó su recuperación. Después de un comienzo irregular, levantó considerablemente su nivel durante la etapa decisiva y convirtió frente a Inglaterra el gol más importante de la campaña.

La corrida, el cabezazo, el festejo y Messi abrazado con sus compañeros resumieron todo el recorrido: un equipo cansado, contra las cuerdas y todavía dispuesto a rebelarse.

Detrás de ellos estaba la bandera.

"Las Malvinas son argentinas".

Esa imagen será inseparable del resultado. Argentina volvió a eliminar a Inglaterra en un Mundial y lo hizo con una remontada agónica, liderada por un Messi, de nuevo, excepcional. La memoria futbolística conectó inmediatamente aquella noche con México 86, con Diego Maradona y con una de las páginas más simbólicas de la historia de la Selección. Del Estadio Azteca a Atlanta en una autopista emocional infinita.

No fue una repetición. Fue un eco.

Cuarenta años después, otra generación encontró su propia noche contra Inglaterra.

Una final para el olvido ante España

La final mostró todos los límites que Argentina había conseguido disimular durante el torneo.

España fue muy superior. Controló la pelota, manejó el ritmo y obligó al equipo de Scaloni a defender cerca del arco de Dibu Martínez. La diferencia terminó siendo de apenas un gol, pero pudo haber sido mayor.

Argentina nunca hizo pie. Messi quedó aislado, Julián Álvarez no encontró espacios y el mediocampo pasó demasiado tiempo persiguiendo la circulación española. La Selección sostuvo el encuentro desde la resistencia y las intervenciones del Dibu, pero casi nunca consiguió amenazar seriamente.

Las dificultades se acumularon. El equipo sufrió lesiones durante el partido (Licha Martínez y Cuti Romero), Enzo Fernández fue expulsado y el desgaste de todo el torneo terminó resultando imposible de esconder.

Fue una final para el olvido.

España expuso la diferencia física, técnica y colectiva entre ambos equipos. Ganó con justicia y dejó la sensación de que el resultado había sido corto respecto de lo sucedido en el campo.

Reconocer esa superioridad no disminuye el valor de la campaña argentina. Permite comprenderla.

El subcampeón que ya había tocado el cielo

La última imagen será dolorosa: Messi con lágrimas, España celebrando y la Copa alejándose después de otra campaña extensa. Sin embargo, Argentina no regresó del Mundial 2026 con una historia incompleta.

Este equipo ya había ganado en Qatar 2022.

Había terminado con 36 años de espera, conquistado la tercera estrella y liberado a Messi de la única exigencia que parecía perseguirlo. Cuatro años después, volvió a disputar una final mundialista.

Por eso, el recorrido de 2026 no será recordado únicamente por la impotencia frente a España. Quedarán los ocho goles y las cuatro asistencias de Messi, la remontada contra Egipto, el sufrimiento ante Suiza y, sobre todo, la semifinal contra Inglaterra.

Enzo Fernández llegando al empate. Lautaro Martínez completando la remontada. Lionel Messi entregando las dos asistencias. Y detrás de ellos, como una declaración que el fútbol volvió a proyectar hacia el mundo, una bandera imposible de ignorar:

Las Malvinas son argentinas.

Así se recordará el Mundial 2026 de la Selección. El equipo del pueblo haciéndose escuchar ante los ojos del mundo, pese a las advertencias, pese las recomendaciones. Un equipo comprometido, sacrificado, que le dio a la gente, para siempre, lo que era de la gente. El pueblo nunca olvida a quien lo hizo feliz.

Allí están, entonces, todos unidos por última vez coronando el final de una película interminable. Argentina, siempre Argentina. Un último tango con una escena inolvidable: la noche en la que Messi conectó a 2026 con México 86, a su generación con la de Maradona y a una nueva victoria contra Inglaterra con una memoria argentina que nunca se apaga.