Reventa domina la escena en Berlín

BERLÍN -- Berlín es un anuncio andante. “Compro boletos” “Me interesan entradas”... Y las entradas cambian de manos con mucha más agilidad de la que pudiera pensarse. Dos jóvenes hinchas de la Juventus, llegados sin entrada desde Bolonia, empezaban a tener claro que no acudirán al partido porque “no podemos pagar lo que nos piden”. Les piden 800 euros por una entrada, la más barata que les ofrecen, la de 140 euros. A partir de ahí, lo que se quiera.

Y en todo este mercado persa, denunciado tantas veces pero que se repite final tras final, hay aficionados que se costean sus vacaciones, o más que eso. Porque eso es lo que consiguió aquí en Berlín un socio del Barcelona que revendió tres de las cuatro localidades que le habían tocado en el sorteo por, ahí es nada, 6 mil 500 euros, cuando a él le habían costado poco más de mil.

“Me pago el viaje aquí, el hotel, las vacaciones y los abonos de la próxima temporada” aseguró para explicar la razón que le llevó a revender tres de sus tickets, sin querer, obviamente, dar dato personal alguno. En el Barça piden que no se haga negocio con las entradas pero la súplica del club cae en saco roto. Dinero fácil que fluyó desde el primer día en que se pusieron a la venta las entradas y que constituyen una tentación para muchos socios a los que no les sobra precisamente.

De hecho, el negocio de la reventa apunta al expresidente del club azulgrana, Sandro Rosell, que tiene participación en una empresa llamada ‘Viagogo’ y que se dedica a la compra-venta de entradas. Y que, curiosamente, ya ofrecía entradas de esta final de Berlín antes de que se pusieran a la venta para los socios.

La mayoría de hinchas que ya está en Berlín, sin embargo, vive ajeno a esta práctica. Alfons Vinent llegó desde Arabia Saudí, donde vive, para encontrarse con Oscar Gregori, que vive en Madrid, y Nacho Ovejero, el único de los tres íntimos amigos que sigue viviendo en Barcelona y que fue quien logró las entradas en el sorteo.

“Es una tentación, claro, pero yo no caigo. No voy a hablar de quien lo hace, allá cada cual, pero para mí, venir a una final con el Barça no tiene precio”, admitió a ESPN este último, recién llegado desde Barcelona y que se encontró con sus colegas en la Puerta de Brandemburgo. “En Bahrein, antes de salir el vuelo, me ofrecieron dos mil dólares”, afirmó Alfons, a la vez que Óscar sonreía: “No sé qué haría yo... Mejor que no me vengan ofreciendo nada”, aseguraba rompiendo a carcajadas ante la amenaza de sus colegas.

Tres hinchas del Barça que disfrutaron ya en Wembley, hace cuatro años, y que coinciden en que el reparto de las entradas debería “ser distinto”.

Y como ellos, cerca de 20 mil hinchas del Barcelona y otros tantos de la Juventus, movidos por la ilusión, ya toman las calles de Berlín, dibujadas en bianconero y azulgrana, mezclados sin problemas en Alexanderplatz, la Puerta de Brandemburgo, Chekpoint Charlie (donde se separaban las dos Alemanias), los restos del muro o cualquiera de los museos de una capital asolada por un calor veraniego.

Hasta el sábado disfrutarán para después, en las gradas del Olympiastadion, sufrir por un resultado que solo dará un ganador. Y volverán a sus casas con la mayor de las alegrías o una decepción evidente. Así son los hinchas, los fanáticos, los fieles que siguen a los suyos. Tan diferentes de la otra cara de la final. Esa que vive al margen de cualquier sufrimiento en personajes, invitados, que ya tienen preparados en el interior del estadio berlinés los mejores salones para dar cuenta de los mejores banquetes.

Para ellos, para casi todos ellos, el resultado es lo de menos. Y ni revenderse una entrada necesitan, por cuanto vinieron hasta Berlín invitados por esa UEFA que de las 76 mil 000 localidades del estadio apenas ofreció 38.000, la mitad, a los finalistas.