Para la pasión no hay documento de identidad que valga. En un deporte que exige una entrega física y mental absoluta, el seleccionado femenino de hockey +60 se prepara para armar las valijas y viajar a Brasschaat, Bélgica, para competir Copa Mundial de su categoría. A pulmón, con entrenamientos dominicales a contraturno y una logística puramente autogestionada, este plantel federal viaja con una certeza inquebrantable: defender la camiseta argentina y traerse la medalla dorada a casa.
Detrás de la mística de este equipo están sus capitanas, Lucrecia Rosato y Julia Biotti, quienes portan la cinta con el mismo orgullo y los mismos nervios que cuando empezaron a correr detrás de la bocha a los ocho años. “¡Ay, estoy re orgullosa! Que a esta edad podamos ir a representar a Argentina y ponerte esa camiseta es una responsabilidad y un orgullo enorme”, confiesa Lucrecia. Julia asiente y complementa con la mirada de quien sabe el peso del sacrificio diario: “A esta altura de nuestras vidas, después de tantos años de hockey, esto es un logro enorme. Personal y de todo el equipo. Hay chicas que vienen de muy lejos para entrenar los domingos a cualquier hora, buscando cancha. Hacemos nuestro máximo esfuerzo acompañándonos las unas a las otras, porque esto es un verdadero trabajo en equipo”.
Las rivales de ayer, las hermanas de hoy
La historia de Lucrecia y Julia es el reflejo de una época donde el hockey argentino se construía en canchas de césped natural y clubes de barrio. Julia hizo sus primeras armas en el CUC de Ranelagh, donde jugó durante dieciocho años. Lucrecia, por su parte, crió su juego en el San Isidro Club (SIC). Curiosamente, la maternidad funcionó para ambas como un punto de inflexión. “Cuando tenés a tus hijos hacés un 'click'. Decís: ¿Qué hago ahora que no puedo entrenar tanto?”, recuerda Julia, quien en ese momento pasó a la Segunda del Alemán de Quilmes. Hoy, ambas se mantienen vigentes compitiendo en los exigentes torneos de las cuartas divisiones. Ese largo camino recorrido en el Metropolitano le otorga al torneo en Bélgica un tinte profundamente emotivo: el reencuentro. “En nuestra época el mundo del hockey era mucho más pequeño, nos conocíamos todas con las contrarias. Y nos reencontramos ahora”, relata Julia con una sonrisa. “Te acordás de haber jugado juntas o de haber sido siempre rivales en contra. Es hermoso volver a cruzarse desde este lugar”. Para Lucrecia, que vivirá su primera experiencia mundialista, la expectativa va más allá del juego: “Es ir a jugar un torneo de esta magnitud con orgullo. Pero además conocés a más gente todavía, te hace conectar con personas de todos lados. El deporte te mantiene activa, te mantiene viva”.
La ilusión del oro ante el gigante europeo
Aunque el viaje tiene un componente afectivo y de disfrute innegable, cuando las capitanas entran a la cancha el chip competitivo se enciende en el acto. El desafío en Brasschaat no será sencillo: el hockey europeo corre con la ventaja logística de la cercanía y una competencia Master mucho más aceitada durante todo el año. “Los niveles son súper difíciles porque el hockey en Europa es muy competitivo. Ellos están todos muy cerca físicamente, hacen torneos entre sí todo el tiempo y están más 'cancheros' en el roce internacional”, analiza Julia con lucidez táctica. “A nosotros nos cuesta mucho más juntar a la gente por las distancias”. Sin embargo, el bando argentino no viaja a pasear. Cuando se les pregunta por el objetivo en el Viejo Continente, Julia interrumpe con la firmeza de una líder: “Vamos a entrenarnos para traer la medalla. De oro, sí o sí. No hay otra”. Lucrecia la respalda con total seguridad: “Ese es el objetivo. La mística ya está en marcha; las Leonas de la categoría Master están listas para hacer historia.
