Un equipo de futbol fue obligado a estar de pie durante seis horas en una plaza pública. Sucedió en Corea del Norte tras el pasmoso mundial que tuvieron en Sudáfrica. Más de 400 funcionarios desfilaban criticando la penosa demostración de sus jugadores, muchos de ellos amateurs, por haber quedado en el último lugar.
Tras los cristales, el líder supremo Kim Jong-il, en la autopsia del recuerdo, pedía justificaciones por las goleadas. La gran debilidad del gobernante, fue creer a los 68 años que tenía una selección competitiva cuando no había liga en su país y los partidos eran sólo para él y su séquito. No sabía que un año después moriría de un paro cardiaco, mientras eso sucedía, quería explicaciones y castigo.
El soplón era un comunista nato, Jong Tae-se, el delantero del equipo, el ‘Rooney Coreano’ le apodaron sus fanáticos, que será recordado por llorar durante el himno como si estuviera en un funeral, antes del partido contra Brasil en Johannesburgo. Jong Tae-se, era el jugador favorito del líder a pesar de que no hizo gol en el Mundial y jugara en Japón toda su trayectoria. “Han deshonrado la memoria del equipo coreano de 1966”, le susurraba mirando fijamente al frente, recordando la gran actuación de su país en Inglaterra al llegar a cuartos de final.
Un Mundial de futbol se debate entre el júbilo de la ilusión y la furia del fracaso y muchas veces las consecuencias no se miden a cabalidad. Los jugadores en la plaza pública tenían la obligación de no moverse por haber traicionado la confianza del líder coreano que sentía lo habían expulsado del paraíso, “este castigo no es por haber perdido, sino por las vergonzosas exhibiciones que dieron”, reiteraba recordando el 7-0 contra Portugal y el 3-0 contra Costa de Marfil.
Jong Tae-se, tan talentoso como intermitente en la cancha, se escondía detrás de la espalda del líder, pero acusaba a todos aquellos que creía, no ayudaron en el Mundial. Le decía por ejemplo que varios se intimidaron cuando jugaron contra Cristiano Ronaldo o que en el último cotejo se sentían derrotados antes de salir. Jong-il, enfurruñado, quería atornillar a sus jugadores al piso cuando escuchaba la voz delatora de su delantero al que amaba por su patriotismo aplaudiendo las lágrimas derramadas durante el himno, “lo único rescatable que tuvo esa selección fue ese gesto”, decía.
La historia de Jong Tae-se es peculiar. Nunca le ha dado por andar en plan mudo, al contrario, desde que nació en Japón siendo de padres coreanos, grito en cada brisa que quería ser comunista, influenciado por una madre radical. Hizo su carrera deportiva en el Kawasaki Frontale y tras la Copa del Mundo de Sudáfrica se fue al Bochum alemán sin éxito. El día del debut ante Brasil, pelado a rape y forrado de músculos, se puso a llorar como un niño.
Sus compañeros lo miraban lejano y distante, como alguien muy ajeno a ellos. Era, por ejemplo, el único que tenía una consola de video juego o un iPhone en la concentración por lo que varios lo buscaban para saber de qué iban esos aparatos que el resto del mundo tenía con facilidad.
Corea del Norte perdió con Brasil 2-1 pero las lágrimas antes de jugar ya habían salvado a Tae-se que no hizo nada más en el campo. El equipo asiático aguantó heroico el primer tiempo, luego le entraron dos goles y descontó Yun Nam-Ji al que el gol no salvo de ser humillado en la plaza pública. Al final el equipo coreano necesitaba de mucho rezo y bingo, de ayuda de chamán y de milagro para trascender en el mundial.
Sin credibilidad alguna, Tae-se quiso intercambiar su playera con Kaká quien se negó aun cuando se lo pidió en portugués. No quería tener nada que ver con él por su apoyo radical al gobierno coreano. Tae-se no le platicó ese episodio al líder porque se empeñó más en puntualizar los errores de sus compañeros. Con el entrenador Jong Hun Kim por ejemplo fue especialmente inmisericorde. Adujo que jamás supo plantear los partidos ni motivarlos y merecía algo peor por haber despedazado la ilusión del hijo del líder, el que sería el próximo gobernante y afanoso impulsor de las pruebas nucleares, Kim Jong-un. Al técnico lo condenaron a trabajos forzados en las construcciones de obras públicas sin que tuviera opción de volver a dirigir. Las lágrimas de Tae-se en realidad, fueron el reflejo de lo que pasaba en Corea del Norte.
Esta historia es parte de una colección de 20 escritos, uno por cada Mundial, desde Uruguay 1930 hasta Brasil 2014:
