Medford busca prolongar su dominio reciente en el clásico, mientras Óscar Ramírez llega con una final internacional y hambre de revancha
Hay partidos que se ganan con fútbol. Otros, con carácter. Y después está el Clásico, ese que no entiende de calendarios, cansancio ni excusas.
Ese que se juega durante 90 minutos, pero se recuerda durante meses.
Saprissa y Alajuelense vuelven a encontrarse este domingo en Tibás, donde las camisetas pesan, las tribunas hablan y cada pelota dividida parece tener algo más que tres puntos en disputa.
Los dos llegan con el boleto a la próxima Copa de Campeones de Concacaf asegurado, pero después de recorrer caminos muy diferentes.
El Saprissa de Hernán Medford sufrió para eliminar al Firpo salvadoreño y vivió una semana cargada de tensión. Su entrenador incluso debió ofrecer disculpas públicas a la prensa después de una conferencia que terminó calentándose más de la cuenta.
Medford contó que fue su propia hija, psicóloga de profesión, quien lo hizo reflexionar sobre lo ocurrido.
“Mi hija me regaña a mí y me mete en medio de una terapia”, confesó el técnico, antes de reconocer que los periodistas merecían su respeto.
Del otro lado aparece Óscar Ramírez.
Su Alajuelense viene de eliminar a Motagua y alcanzar otra final de la Copa Centroamericana, con el sueño de conquistar un tetracampeonato histórico.
Pero hay algo que todavía le incomoda al Machillo: la Liga acumula tres clásicos consecutivos sin ganar.
“Esas rachas, pues sí, hay que cortarlas lo más rápido posible y ojalá podamos lograrlo el domingo, por todo lo que significa”, reconoció.
Ramírez asegura que su equipo llega alegre, motivado y con hambre. También sabe que jugar en Tibás exige una personalidad especial, aunque recordó que ya ha conseguido salir adelante en ese escenario.
Y ahí está lo hermoso de este partido.
Porque poco importa quién llega mejor, quién viene de ganar o quién tiene más presión. Cuando Saprissa y Alajuelense se miran frente a frente, todo vuelve a empezar.
Medford contra el Machillo. Morados contra rojinegros. Tibás como escenario.
No hace falta una final para que el Clásico se sienta como una.
Hay rivalidades que se explican con números. Esta se lleva en el corazón.
