River Plate atraviesa una crisis profunda. Pasaron casi 15 años de la fatídica tarde en la que el Millonario descendió a la B Nacional tras perder la promoción con Belgrano, pero este presente puede, curiosamente, ser aún peor. No porque esté en juego la categoría -no lo está-, sino porque los resultados no acompañan una inversión inédita para el fútbol argentino ¿Se puede tener tanto y al mismo tiempo no tener nada?
Se puede. Y una gran responsabilidad, además de la dirigencia, está en el entrenador. El principal pecado de Eduardo Coudet en River no fue una derrota, una eliminación ni una decisión táctica puntual. Fue no haber logrado convertir un plantel repleto de recursos en un equipo reconocible. El club sumó figuras, campeones del mundo, futbolistas con exitoso recorrido europeo y alternativas para prácticamente todas las posiciones. Sin embargo, esa abundancia nunca se tradujo en funcionamiento, sociedades futbolísticas inspiradoras ni una formación capaz de sostenerse en el tiempo.
La eliminación ante Independiente Santa Fe en los octavos de final de la CONMEBOL Sudamericana profundizó una situación de terapia intensiva que ya atravesaba todas las competencias. River quedó lejos de los puestos de clasificación internacional, sumó derrotas inesperadas y terminó dependiendo de arremetidas individuales para resolver partidos que colectivamente no controlaba.
Los números de Coudet exponen esa irregularidad. Desde su llegada en marzo de 2026 dirigió 27 encuentros, con 13 triunfos, seis empates y ocho derrotas. El comienzo ofreció buenos resultados, aunque el rendimiento ya presentaba dudas. Cuando la eficacia disminuyó y aumentó la exigencia, el equipo no encontró una columna vertebral en la cual apoyarse.
Una inversión de casi US$70 millones que no produjo un equipo
River protagonizó el mercado de pases más costoso de la historia del fútbol argentino. Invirtió US$68,45 millones en nueve incorporaciones: Nicolás Otamendi, Mauro Arambarri, Giovanni González, Lucas Beltrán, Rafael Santos Borré, Ángel Correa, Tobías Andrada, Francisco Ortega y Thiago Almada.
La jerarquía de varios nombres vuelve insuficiente cualquier explicación basada exclusivamente en la calidad individual. Coudet recibió futbolistas con experiencia internacional, variantes ofensivas y diferentes características para armar el mediocampo. El problema no estuvo en la ausencia de materia prima, sino en la dificultad para ordenarla.
La cantidad, presentada inicialmente como una fortaleza, terminó convirtiéndose en un obstáculo. Un plantel amplio puede elevar la competencia interna cuando existen jerarquías definidas, funciones claras y una base estable. Cuando se alternan jóvenes con experimentados. Pero si el entrenador cambia permanentemente, esa competencia deja de potenciar al futbolista y comienza a generarle incertidumbre.
Ángel Correa, Thiago Almada, Sebastián Driussi, Borré y Lucas Beltrán podían competir por pocos lugares en la zona ofensiva. En el mediocampo también se acumularon nombres, perfiles y posibles combinaciones. Cada formación dejaba afuera a jugadores importantes y cada modificación volvía a abrir una discusión que Coudet nunca consiguió cerrar.
Tampoco todos los refuerzos llegaron atravesando el mejor momento de sus carreras. Otamendi se incorporó con 38 años. Borré regresó con 30 después de una etapa irregular y Lucas Beltrán, quien volvió tras perder continuidad en Europa, todavía no convirtió desde su retorno. Sus antecedentes justificaban las apuestas, pero también exigían un contexto colectivo que los ayudara a recuperar su mejor versión.
Coudet nunca pudo establecer una jerarquía
Un entrenador no solamente elige once futbolistas. También define quiénes son los titulares, qué lugar ocupan los suplentes, cuáles son las combinaciones que funcionan y qué debe hacer cada jugador para ingresar al equipo. River convivió durante meses con una evaluación permanente.
Coudet modificó la formación inicial en 24 de sus primeros 26 partidos y llegó a encadenar 21 encuentros sin repetir el once inicial. Después del receso realizó un promedio superior a cuatro modificaciones de una presentación a la siguiente. Las lesiones y las incorporaciones explican una parte de esa rotación, pero no alcanzan para justificarla por completo.
Probar tanto trajo problemas. Los defensores cambiaban de compañeros, los mediocampistas debían adaptarse a estructuras diferentes y los delanteros alternaban funciones sin encontrar química. River podía presentar una formación de enorme jerarquía nominal, pero cada partido parecía comenzar desde un punto cercano a cero. Los nombres no garantizan nada, capítulo mil.
La competencia interna tampoco tuvo reglas visibles. Un futbolista podía ser titular, salir del equipo y regresar en otra posición pocos días después. Esa inestabilidad afectó especialmente a los atacantes, obligados a resolver mediante inspiración individual porque los circuitos de juego no se repetían con suficiente frecuencia.
El "container" y una decisión que también involucró a Coudet
Más allá de quien tomó la decisión, ninguna de las partes hizo nada por impedirla. La separación de un numeroso grupo de jugadores trajo problemas visibles y otras heridas imperceptibles pero al mismo tiempo profundas. La dirigencia decidió que hasta 14 jugadores dejaran de trabajar con el plantel profesional y se entrenaran en el predio de Cantilo, donde debían utilizar un container como vestuario porque las instalaciones todavía no estaban terminadas.
River buscaba reducir una masa salarial demasiado elevada y liberar lugares para las nuevas incorporaciones. La conducción del club reconoció posteriormente que las formas habían sido equivocadas, aunque sostuvo la decisión deportiva de desprenderse de esos contratos.
El origen dirigencial de la medida no exime a Coudet. El entrenador nunca se opuso públicamente ni cuestionó un procedimiento que afectaba directamente la conducción de su grupo. Cuando se le preguntó por los marginados, intentó ubicarse fuera de la discusión. Sin embargo, separar futbolistas por motivos deportivos pertenece inevitablemente al campo de acción de un director técnico.
En la conducción de un plantel, el que calla otorga. Coudet pudo no haber tomado la decisión, pero su silencio lo legitimó frente al resto de los jugadores.
El caso de Germán Pezzella tuvo un peso especial. No se trataba únicamente de un defensor de 35 años con un rendimiento discutible. Era un futbolista surgido de River, campeón del mundo con la Selección Argentina y respetado dentro del vestuario. Algunos referentes incluso pidieron que fuera reincorporado, pero la posición no se modificó.
La marginación de Pezzella transmitió un mensaje mucho más profundo que la intención de reducir el plantel. Si el club podía tratar de esa manera a un campeón del mundo formado en la institución, cualquier futbolista podía imaginarse ocupando el mismo lugar ante una lesión, una baja de rendimiento o un cambio de entrenador.
Ese temor no necesita convertirse en una protesta pública para afectar al grupo. Alcanza con que altere la confianza, deteriore el sentido de pertenencia o convenza a los jugadores de que su lugar depende de decisiones repentinas.
La falta de una apuesta sostenida por los juveniles
La incorporación masiva de futbolistas también redujo el espacio para las inferiores. Santiago Beltrán y Joaquín Freitas fueron las excepciones más visibles, aunque ambos ya se encontraban cerca del plantel profesional cuando asumió Coudet. El arquero terminó ganando protagonismo y respondió incluso en la eliminación ante Santa Fe, cuando atajó tres penales antes de fallar su propia ejecución.
Fuera de esos casos, no existió una política sostenida de promoción. Dar minutos ocasionales no equivale a construir un recorrido para los juveniles. River fichó futbolistas para completar posiciones en las que podía haber desarrollado alternativas propias y, al mismo tiempo, incluyó a jóvenes como Ian Subiabre y Santiago Lencina entre los marginados antes de cederlos.
La utilización de futbolistas formados en el club no responde únicamente a una cuestión sentimental. Permite reducir la cantidad de incorporaciones, equilibrar la masa salarial, proteger el patrimonio y sumar jugadores que conocen las exigencias de la institución. Además, sirve para construir proyectos sólidos a largo plazo y simplifica la gestión de un plantel que ya estaba sobredimensionado.
Coudet eligió buscar respuestas principalmente en el mercado. Incluso Tobías Andrada, uno de los futbolistas más jóvenes del nuevo grupo, llegó mediante una inversión importante desde Vélez. La consecuencia fue una estructura con muchos nombres nuevos, escasa continuidad y pocas referencias surgidas desde adentro.
Un River sin una identidad futbolística definida
Los mejores equipos de Coudet estuvieron asociados con la intensidad, la presión, la velocidad para atacar y la presencia de varios futbolistas cerca del área rival. En River, esos rasgos aparecieron de manera intermitente. Hubo partidos con una búsqueda más directa, otros con mayor elaboración y encuentros en los que la posesión no produjo profundidad.
El equipo nunca dominó una forma específica de jugar. No sostuvo una presión alta coordinada, tampoco construyó un control consistente desde la pelota ni se convirtió en un conjunto especialmente peligroso en transición. Palabras más, palabras menos, nadie supo nunca cómo jugaba el River de Coudet. Sin ideas, sin fluidez, sin identidad.
Esa falta de sentido común se percibió cuando River enfrentó rivales cerrados. La circulación se volvió previsible, los delanteros recibieron lejos del arco y los laterales quedaron obligados a producir ventajas sin movimientos coordinados por dentro. Ante equipos que lo atacaron, tampoco logró controlar los espacios que dejaba detrás de la pelota.
Los cambios que no cambiaron a River
La dificultad para encontrar respuestas también se trasladó al banco. En sus últimos 11 partidos, Coudet realizó 44 modificaciones. Después de 28 de ellas, River perdió una ventaja, pasó de empatar a perder o continuó en desventaja hasta el final. El escenario posterior fue desfavorable en el 63,6% de los casos.
Si se agregan los cambios efectuados cuando el equipo empataba y el resultado no se modificó, 35 de las 44 variantes no tuvieron una incidencia positiva. El porcentaje asciende al 79,55%.
La estadística no demuestra que cada sustitución haya provocado un mal resultado. Sí expone que el entrenador encontró pocas soluciones durante el desarrollo de los partidos. El plantel más amplio y costoso del fútbol argentino no consiguió convertir el banco de suplentes en una ventaja competitiva.
La eliminación ante Independiente Santa Fe condensó esa tendencia. Sebastián Driussi regresó a la titularidad, convirtió el 1-0 y fue reemplazado minutos después por Borré debido a que todavía no estaba preparado físicamente para completar el encuentro. River perdió presencia ofensiva, retrocedió, recibió el empate y quedó eliminado por penales. Borré, uno de los grandes regresos del mercado, erró un penal clave de la definición.
Luego vinieron los tres penales atajados por Beltrán y su tiro insólito cuando le tocó patear a él. La última tanda de penales de River fue una síntesis del caos que fue el Millonario en los últimos meses.
River está eliminado en la Sudamericana, sin rumbo en el torneo local, y con un mensaje claro que salta a la vista para todos sus hinchas: hay que cambiar y hay que hacerlo ya.
