A medida que se acercaba el 23 de junio del 2016, fecha en la que se llevaría a cabo el draft de la NBA, el nombre de Ben Simmons y el de Brandon Ingram acaparaban la atención sobre quién sería elegido en primer lugar. Dicho honor le correspondía a Philadelphia 76ers, un equipo que hasta el momento se había dedicado a acumular elecciones del draft antes que a desarrollar el talento joven que disponían.
Ingram había tenido una salida rápida en el torneo colegial con Duke, lo que sumado a su físico carente de masa muscular, parecía quitarle posibilidades de ser el elegido.
Pero a Simmons no le había ido mejor: ni siquiera había podido entrar al cuadro de los 64 equipos del torneo nacional con LSU, la misma Universidad de la que había surgido un tal Shaquille O’Neal.
Pero la duda no quedaba allí, ya que con un tiro exterior prácticamente inexistente, surgían dudas acerca de poder ser una buena elección en tiempos en los que en la NBA se privilegiaba el tiro de tres puntos y el juego de abrir espacios utilizando tiradores. Pero la tentación de ver a un Magic Johnson en potencia era más fuerte que las dudas acumuladas
-Si hay que elegir entre Simmons e Ingram, ¿con quién te quedas?, le pregunté por esos días a nuestro experto en baloncesto, el coach Carlos Morales.
-A Ben Simmons, sin dudas. -Tiene un talento enorme, pero carece de tiro exterior.
-El tiro se puede desarrollar, en cambio el talento no. Lo tienes o careces de él. Fin de la historia.
Más de cuatro años han pasado desde aquella breve conversación hasta este 20 de julio del 2020, el día en el que Ben Simmons festeja su cumpleaños número 24. Un festejo que debe realizarlo aislado con su equipo en la burbuja del ESPN Wide World of Sports Complex, esperando por el reinicio oficial de la NBA dentro de 10 días.
Pero también será un festejo en el que los fanáticos del baloncesto, los expertos y quizás hasta sus propios compañeros, aún esperan quien fuera elegido con la primera selección de aquel draft, demuestre la voluntad de desarrollar su tiro exterior, de perfeccionar su juego y de establecerse definitivamente como una megaestrella de la NBA.
¿Podrá lograrlo? ¿Tendrá la fuerza de voluntad que otros muestras para seguir formando la mejor versión de sí mismo? Dudas que por el momento no encuentran respuestas.
Expectativa en la llegada
Su llegada a Philadelphia Sixers causó muchísima expectativa por lo demostrado fugazmente en la liga de verano en Las Vegas. Sin embargo, la grave lesión de la fractura del quinto metatarsiano del pie derecho, que necesitó de cirugía para reparar el daño, le privaría de jugar en la temporada 2016-17.
Pero ya en la temporada siguiente, sí pudo desplegar todo su talento en la cancha, formando junto a Joel Embiid lo que muchos imaginaron como la piedra fundacional de un futuro equipo campeón. Sus estadísticas durante ese año de 15.8 puntos por juego, más 8.1 rebotes y 8.2 asistencias, le permitieron quedarse con el premio al novato del año, aún siendo el segundo violín del equipo.
Su juego en cancha abierta era demoledor. Podía tomar un rebote en su propio aro, correr la cancha de costa a costa y definir segundos más tarde con una volcada. Su capacidad de pase, también asombraba, aunque algunas cosas de su juego necesitaba evolucionar.
El tiro exterior brilló por su ausencia en su primer año: apenas intentó 11 triples en 81 partidos sin anotar ninguno. Y las 3.4 pelotas perdidas por juego también eran una señal de alarma, aunque el radio entre asistencias y pérdidas era altamente favorable. ¿Por qué era preocupante? Porque en los momentos clave de un juego cerrado, era cuando aparecían mayormente.
Llegados los playoffs, se intensificó esta tendencia: apenas intentó un triple en 10 juegos y su promedio de pelotas perdidas subió a 4.4, una más que en la temporada regular. Su incapacidad para convertirse o al menos disputarle ser la primera opción a Joel Embiid quedó demostrada.
De todas maneras, las ilusiones siguen intactas en Philadelphia. A los buenos números de su temporada de novato, se le agregaban los promedios de Embiid que eras también sólidos: 22.9 puntos (+2.7 respecto de su temporada de novato), 11.0 rebotes (+3.2), 3.2 asistencias y 1.8 tapones. Si Ben Simmons pudiera conseguir la misma curva de desarrollo que el de su compañero, entonces la posibilidad de convertirse en un jugador dominante estaban más que latentes.
Para su segunda temporada se programó un trabajo intensive que le permitiera a Simmons desarrollar un lanzamiento al menos acceptable de tres puntos. La idea no solamente era desarrollar su juego, sino también romper con una tendencia de las defensas rivales: la de regalarle el triple para impedirle la penetración o el pase. Si lo conseguía, las perspectivas cambiarían notablemente.
Paralelamente, los Sixers se reforzaron notablemente para esa temporada , terminando la temporada regular con Tobias Harris y Jimmy Butler que los ponía como serios candidatos en la pelea por el título de la Conferencia del Este. Y como extra, quitarle la responsabilidad a Simmons y a Embiid de tener que cargar con el peso del equipo cada noche. Alguien podría tener un mal partido que sus compañeros podían dar la cara por él.
Las proyecciones no se concretan
Sin embargo, las proyecciones de pretemporadas que se imaginaban para el australiano, no se concretaron. El base terminó casi con promedios muy similares en puntos (16.9), rebotes (8.8) y asistencias (7.7) que en su año de novato. Pero lo peor fue su tendencia a seguir sin intentar lanzar triples durante los juegos ya que totalizó 6 intentos en 79 juegos. Las defensas rivales seguían con el mismo plan para defenderlo: impedirle la penetración hacia el aro y regalarle el tiro.
Aunque seguía siendo letal a cancha abierta y era capaz de crear problemas jugando en el poste bajo, la evolución de su juego parecía condenada a repetir las mismas habilidades mostradas en su primer año, sin agregarle nada nuevo a su arsenal ofensivo.
Llegados los playoffs, sus números también cayeron considerablemente: promedió 13.9 puntos (2.4 menos que en su temporada de novato), 7.1 rebotes (-2.3), 6.0 asistencias (-1.7). Y era la cuarta opción ofensiva de su equipo y eso no era bueno. Pero lo que más asustó fue que en los playoffs se notó una clara involución en lo que respecta a lanzamientos libres. De promediar 5.8 lanzamientos por juego en su temporada de novato con un 70.7% de efectividad bajó a 3.3 intentos por juego con un 57.5%.
Ese año todo se terminó en un séptimo juego en Toronto con un lanzamiento triple de Kawhi Leonard que rebotó en el aro cinco veces antes den ingresar por la red. Si a ello le agregamos que Simmons era el encargado de defender a Leonard, que lo dejó abierto el camino para ir hacia su lado más fuerte, y que fue Joel Embiid quien finalmente desafió el lanzamiento mientras Simmons miraba la jugada a dos metros de distancia, el dolor se hace más fuerte.
De todas manera, esto no no impidió que pudiera acordar una extension de contrato por el máximo de salario con los Sixers durante el verano, quienes de esta manera le renovaron la confianza apostando a que esta temporada sería mejor. Lamentablemente, lesiones en la espalda le impidió su desarrollo, y sus números siguen siendo muy similares a los de las dos primeras temporadas: 16.7 puntos, 7.8 rebotes, 8.2 asistencias y 62.7% en efectividad de tiros libres.
Para el reinicio de la temporada, se habla que los Sixers estarían dispuestos a quitarle la responsabilidad de ser el creador de juego del equipo, para utilizarlo de espalda al aro en la posición de alero fuerte. Un claro indicador que su juego no ha logrado incorporar un tiro a media y larga distancia ya que intentar seis triples en 54 partidos hablan a las claras de que le cuesta tomar esa decisión de lanzar aunque los erre.
Más que hablar de una evolución en su juego, esta movida parece un intento del cuerpo técnico encabezado por Brett Brown por encontrarle un puesto que le permita sentirse cómodo en el ataque estacionado y le quite la obligación de tirar triples.
Una nueva oportunidad
El primer día de agosto, cuando enfrente a Indiana, Ben Simmons tendrá la oportunidad de mostrar si este experimento que piensan desarrollar puede resultar beneficioso para el equipo.
Sin embargo, la duda siempre aparece. ¿Realmente tiene la determinación de mejorar, de agregarle herramientas a su arsenal ofensivo y de ser capaz de aportarle sacrificio y determinación al objetivo de evolucionar día a día, en cada práctica y en cada partido.
Ejemplos a seguir le sobran: allí están los casos de Karl-Anthony Towns, de Jayson Tatum, Domantas Sabonis, Donovan Mitchell, Luka Doncic o Trae Young por nombrar a los más jóvenes. O del propio Giannis Antetokounmpo si quiere mirarse en un espejo más grande.
Lo cierto es que a pesar de que hoy apenas cumple 24 años y el futuro parece ser lo suficientemente largo como para consolidarse, no debería olvidar que el tiempo es veloz y que puede pasar más rápido de lo que parece.
Dice un dicho que uno puede convertirse en lo que se atreva soñar.
¿Podrá entonces Ben Simmons convertirse en estrella? ¿Se conformará con un roll de segundo violín? ¿O terminará siendo un buen actor de reparto?
Nadie lo sabe todavía. De él depende.
