Juan Imhoff tiene bien en claro cuándo fue el momento más alto de su carrera. No necesariamente por los títulos o los números, sino por la madurez que había alcanzado y por las ganas que tenía de volver a ponerse la camiseta albiceleste. “Para mí, mi Prime era en 2019, por una cuestión de que tenía otra madurez. Tenía la necesidad de jugar en Los Pumas”, contó al recordar aquel período, después de haber quedado afuera del seleccionado por la reglamentación que regía en ese momento, la cual indicaba que no podían ser citados quienes se desempeñen en Europa.
Su ausencia del equipo nacional se había iniciado tras la RWC 2015, cuando dejó de ser convocado por una cuestión relacionada con la política de selección. Lejos de bajar los brazos, aquella situación terminó convirtiéndose en una motivación. “Con la idea de que en Los Pumas juegan los mejores, yo empecé a sentirme menos que los que estaban, entonces quería siempre hacer más”, explicó. “Los Cordero, los Delguy, Boffelli, Moyano, que empiezan a aparecer. Esa era mi motivación, que llevan al Juan a otro extremo, con otra cabeza”.
Con el Mundial de Japón cada vez más cerca, Imhoff sintió que tenía una oportunidad para demostrar que todavía podía estar entre los mejores. “Llegando al 2019 se acercaba el Mundial y siento que empiezo a dar un plus. Ya jugaba por cosas más grandes, como probarme que podía hacerlo todavía, pero tenía tantos rivales, que la grandeza era enorme porque siempre había uno mejor que yo”, relató. Esa competencia, lejos de frenarlo, lo empujó a ir por más: “Esa comparación me hacía mejorar en todos los aspectos del juego. Quería demostrarle a todos que estaba para jugar en Los Pumas, hice todo lo que pude, pero no se dio”.
Desde lo deportivo, la temporada fue prácticamente perfecta para el wing. “Fue mi mejor año en el club, por lejos. Jugué casi todos los partidos, no tuve ninguna lesión. Eso es lo que se ve al final, pero no tuve la frutilla del postre”, recordó. La frustración por no haber sido convocado terminó teniendo un impacto fuerte en su personalidad y en su manera de afrontar el alto rendimiento. “Eso me forjó un carácter, en el que me puse más malo que nunca”, reconoció.
Imhoff también admitió que, pese a conocer desde el principio que la situación no dependía exclusivamente de sus actuaciones, eligió creer que podía cambiarla con su rendimiento. “Quizás pequé un poco de ambicioso también. Desde el día 1, sabía que no iba a cambiar, haga lo que haga. Yo lo dejé de tomar como una reglamentación, tenía mi cabeza en soñador y pensaba: ‘Si yo la rompo toda en Racing, si soy uno de los mejores en mi puesto del mundo, me van a tener que llamar’”, contó. Su objetivo llegó al punto de prepararse para cualquier sacrificio: “Mi obligación era estar preparado al 1000%, tan preparado que hasta estaba preparado para perderme el nacimiento de mi hijo. Hoy lo digo, y ¡qué locura!”.
Con el paso del tiempo, aquella historia también le dejó una enseñanza sobre el deporte de alto rendimiento y sobre lo que significa sentirse preparado para una oportunidad que finalmente puede no llegar. Imhoff lo resumió de una manera contundente: “El problema está cuando uno cree que merece. Y en el deporte de alto rendimiento, te eligen, y es a gusto del que te elige”. El Mundial 2019 quedó así como una de las grandes cuentas pendientes de su carrera.
