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El reconocimiento llegó sobre el final

LONDRES (Enviado especial)-- El arranque del partido fue frío, helado. No hubo calor en la cancha. Y tampoco color en las tribunas. Si bien es cierto que en el mano a mano de fans, en el tête-à-tête, los argentinos ganaron la batalla contra los sudafricanos, el Olympic Stadium Queen Elizabeth de Londres se puso la pilcha de cosmopolita y el favoritismo tribunero quedó repartido. Dependiendo del sector, el aliento acarició a uno u a otro bando.

Adentro de las líneas de cal el tema no estuvo tan compartido como en las gradas. Porque por salvo por alguna corrida endiablada de Santi Cordero o algún quiebre de cintura de Tomás Cubelli, todo estuvo teñido de color verde. El dominio, el desarrollo y el resultado. Todo. Y que la acción haya ido por el carril sudafricano lógicamente atentó contra la explosión de los focos argentos dentro del imponente gigante de cemento. Por ende, el “vamos Pumas, vamos” o el “yo te daré, te daré una cosa…”, hitazos a lo largo del exitoso camino del seleccionado por tierras británicas, no sonaron como para calentar la fresca nochecita londinense.

¿Y los hinchas boks? Si bien su equipo fue el amo y señor de las acciones, tampoco es que derrocharon alegría, pasión y color. Dio la sensación que, como ya tenían los tickets pagos y no les surgió un programa mejor para el viernes a la noche, decidieron pegarse una vuelta por el Olímpico a ver qué onda su equipo. Es más, ni siquiera se hicieron sentir con el clásico “uhhhhh” cuando la bestia Tendai Mtawarira encaró pelota en mano.

Obviamente la frase que en la previa tiró su coach, Heyneke Meyer, tampoco fue muy estimulante que digamos. “Jugar por el tercer y cuarto puesto es igual a darle un beso a tu hermana”. Exacto, una patada bien ahí; justito en la motivación.

Un momento en el cual el público se hizo sentir fue cuando el enorme Juan Martín Fernández Lobbe dejó la cancha, reemplazado por Facundo Isa. Hubo aplausos -y no sólo de argentinos- y se asomó un tibio “Corcho, Corcho, olé, olé, olé, Corcho, Corcho”, que palmeó imaginariamente al ala formado en Liceo Naval. El forward, con 71 caps sobre el lomo, sólo atinó a devolver al saludo levantando sus manos. Sabía que era el último. Emoción.

Otro minuto para el lagrimón fue la salida de Victor Matfield. El veterano segunda línea, que fue designado capitán para este partido, se retiró internacionalmente a los 38 años y con ¡128! en su currículum. Un monstruo.

Sobre final, cuando las agujas indicaban que en diez minutos se terminaba el Mundial para Los Pumas y que hasta ese momento no había habido reacción tribunera, se escuchó un “¡Argentina, Argentina!”, que contagió a todos los grupítos dispersos por el estadio. Se encendió la mecha. Y, señores, a revolear las remeras. Porque el “Ohhh, Argentina, es un sentimiento, no puedo paraaaar” se hizo sentir en serio. Fue como un mimo, un reconocimiento, a 15 gladiadores a los que adentro de la cancha no les salían las cosas.

Con el tiempo cumplido llegó el try de Juan Pablo Orlandi. Y los grupos repartidos se hicieron uno. Y explotaron. Se llenaron de efervescencia celeste y blanca para premiar a un seleccionado que fue protagonista de un Mundial bárbaro; el segundo mejor en toda su historia. Merecidísimos aplausos para un lujo de equipo.