Las Gigantes dieron cátedra de resiliencia en Lima y transmitieron un mensaje que vale más que el oro

LIMA (ENVIADA ESPECIAL) - El Coliseo Eduardo Dibós fue testigo de uno de los momentos más emotivos de estos Juegos Panamericanos. No hubo podio y tampoco medallas. Las que lograron erizarle la piel y hacer lagrimear a los espectadores fueron Las Gigantes.

El pasado miércoles, las chicas de la selección argentina de básquet habían atravesado uno de los capítulos más duros e insólitos de su historia deportiva. Llegaron a disputar su segundo partido de la ronda preliminar ante Colombia con camisetas del mismo color que las rivales y les quitaron los puntos.

A pesar del intento desesperado por conseguir vestimenta alternativa, el intenso tránsito que caracteriza Lima imposibilitó que la solución arribara a tiempo (tan solo hay 15 minutos de tolerancia) y se terminaron los sueños de podio para las chicas, que habían caído en su debut ante Estados Unidos.

“Vinimos en busca de una medalla y esa ilusión se nos escapó de las manos”, dijo Melisa Gretter entre lágrimas y prosiguió: “Nos juntamos y nos propusimos salir a poner el pecho”. Y así lo hicieron.

Aunque sus esperanzas fueron pisoteadas por un reglamento tan frío como determinante, las Gigantes decidieron que iban a jugar frente a Islas Virgenes con valor y entereza. “Ante todo está el respeto a la bandera y si no entrábamos a la cancha estábamos representando mal a los argentinos”, expresó la capitana Débora González.

Las chicas cantaron el himno llorando de principio a fin. Se abrazaron, se apretaron, se sostuvieron. El público, con propios y ajenos, ovacionó la arenga argentina. “Fue emocionante como nos apoyaron, los peruanos también nos hicieron sentir su calor”, reveló la capitana al terminar el encuentro.

Las jugadoras de la selección derrotaron a Islas Virgenes 70-53, a menos de 24 horas del maremoto de sensaciones que les tocó aguantar. Hicieron pie, se plantaron y enfrentaron a la prensa, intentando explicar lo inexplicable.

“Estamos tristes, pero no estamos rotas. Esto recién empieza”, dijo Victoria Llorente, con un dulce esfuerzo optimista.

“Cuando llegamos a la Villa queríamos que nos trague la tierra y aparecer en las habitaciones. Pero hay que poner la cara, entonces fuimos las 12 juntas y nos sentamos a comer en silencio, llorando”, relató González sobre el post Colombia.

“Fue una noche larga, no dormí. Hablé con mi mamá y lloré, llamé a mi marido y también lloré. Ahora estoy llorando y voy a seguir haciéndolo seguramente”, agregó la capitana, secándose las lágrimas.

Aunque fue una jornada para el olvido, las chicas hicieron un esfuerzo enorme por dar vuelta la página y dejaron un mensaje tan gigante como ellas: “El grupo se defiende con uñas y dientes”.

No acusaron a nadie, no pidieron ninguna cabeza por el error que les arrebató el sueño panamericano. Son un equipo, frente al éxito o la adversidad, y lo demostraron: “Quien abandona el barco lo destruye. Nosotras pedimos que nadie se baje. Todo pasa por algo y lo que viene seguramente será mejor”, cerró Débora, dando cátedra de resiliencia.

Las Gigantes se irán de Lima sin preseas, pero se llevarán para siempre un aprendizaje que vale más que el oro. Porque las cargas son más livianas si el peso se reparte y las alegrías son más valiosas si existe un grupo para compartirlas. Si las chicas siguen así de unidas, como supieron transmitir en esta jornada, este equipo podrá lograr grandes cosas.