Hasta siempre, Quique

Su nombre era Enrique Yannuzzi. Se llamaba Quique. Y fue uno de los más grandes periodistas deportivos de Uruguay. Todo lo que hizo en su oficio fue transparente, honesto, franco. Por eso se convirtió en quién fue.

Bueno y querible era Quique. También un tremendo comunicador. Lo mismo le hablaba al chofer de ómnibus, al taxista, el empresario o el universitario. Que tomaba el micrófono o miraba la cámara para hablar con la naturalidad de quien charla con un amigo de algo que ambos conocen y entienden. Llano, simple, lejos de la impostura, sin intención de quedar bien con nada que no sea su consciencia.

Si el sentido de la vida es cruzar fronteras, el Quique nunca dudó en hacerlo. No solo acompañó a Alberto Kesman como comentarista sino que lideró durante décadas con la previa que condujo. Pero no fue lo único en su carrera. También relató fútbol italiano en Deporte Total de canal 10, donde fue parte del panel de periodistas durante más de 15 años, y estuvo en Estadio Uno. En todo dejó una marca. En sus 42 años de periodista cubrió decenas de eventos y recorrió el mundo. Siguió siendo hasta el último día el Quique del barrio Bella Vista “donde reina la alegría”.

Yanuzzi se volvió una voz imprescindible en el periodismo deportivo. Eligió dónde pararse, jamás se calló lo que pensaba, fue coherente y fiel a sus convicciones, nunca especuló ni midió consecuencias.

Desde hacía seis años estaba retirado. Había dejado el oficio el 6 de diciembre de 2015. “Es una decisión tomada hace más de un año. Yo sabía que tenía que irme, me quería ir en un buen momento, no sé si es el mejor pero es un buen momento. Y me quiero ir a vivir mi vida, no quiero estar más en el fútbol”, me dijo aquella tarde en el Estadio Centenario.

“Hay una franja, muy finita a mi edad, en la que todos tenemos que ser conscientes que tenemos que irnos en un momento en el que la gente nos recuerde por lo que hiciste y que no estén deseando que te vayas”, dijo y aclaró: “No lo hago por eso solamente. Lo hago por mi familia”.

Ya sabía desde mucho antes dónde pasarían los años del retiro. “Piriápolis es mi lugar en el mundo, donde elegí disfrutar lo que me queda de vida. Lo tengo decidido hace años”.

Y hacia allá se fue. Disfrutaba de caminar por la playa, de prender el fuego, de mirar partidos de fútbol. Eso, en medio del dolor, es un alivio. Vivió sus últimos años como quería. Despuntaba el vicio cuando lo llamaban de alguna radio y lo entrevistaban. Nos mandábamos mensajes a menudo, me aportaba datos durante las transmisiones de ESPN, intercambiamos cosas de fútbol. Quedó pendiente un asado con el Tato López y Mario Bardanca.

El día que dejó el periodismo se despidió así: “Alberto me abrió 30 años esta casa, a mí me inventó el Dalton. Tuve la suerte de caer en Radio Universal”, dijo y se quebró cuando recordó a Ariel Del Bono, su compañero de décadas en los comentarios: “No hay nadie como Ariel Del Bono. Lo extraño, lo extraño mucho. A Juan Carlos Vicente, al Becho Campos, que están en el cielo junto a Ariel. Que fueron mis grandes compañeros. A mi familia. Y bueno, se terminó. No doy más. Que tengan una buena noche”.

Se quedó unos minutos hasta que se recuperó, se levantó de la silla de la izquierda, se abrazó con sus compañeros. Luego descendió las escaleras, cruzó la calle, se subió al auto y se fue tranquilo, convencido. Como todo lo que hizo en su vida.

Chau, Quique. Gracias por todo. Aún en el llanto quedan los recuerdos, las enseñanzas y tu huella indeleble. Eso que nos dejaste a los que te conocimos.