Atardece en Lens, Francia. Es 1998. José Luis Chilavert, el mejor arquero en la historia de Paraguay, está tendido boca abajo. Se pone de pie y recorre su área para alzar a sus abatidos compañeros. Francia acaba de eliminarlos en 8vos del Mundial con un gol de oro. Mientras los consuela, aplaude y grita en guaraní.
Ya es de noche en Pretoria, Sudáfrica. Ahora estamos en 2010. Óscar Cardozo patea un penal y lo convierte. Zurdazo limpio, displicente. La pelota a un palo, el arquero al otro. Paraguay vence a Japón y llega, por única vez, a los 4tos de final. En el festejo, aprieta un puño y estruja la camiseta roja y blanca a listones. Todo el plantel lo alcanza junto a las vallas de publicidad. Algunas palabras del guaraní se mezclan con otras en español. La celebración colectiva confirma una manera de vivir.
Doce años separan estas escenas. Paraguay nunca dejó de intentarlo. Así consiguió lo que buscaba: estar entre los 8 mejores. Luego, fue perdiendo un poco el rumbo. Olvidó su identidad. La recuperó hace apenas 22 meses, cuando parecía que ya nunca volvería a una Copa del Mundo. Recordaron que siempre hay que insistir. Luchar y resistir.
Con ese espíritu perseverante, arraigado hace tiempo en su cultura y su fútbol, Paraguay está de regreso. Ese mismo estilo mostrarán desde el día del debut ante Estados Unidos. La resistencia será, una vez más, su manera de competir en este Mundial 2026.
El fútbol de Paraguay, mezcla de conquistadores y conquistados
Paraguay está en el corazón de América del Sur. Su población de casi 7 millones de personas habita tierras coloradas entre ríos caudalosos, bosques subtropicales y desiertos verdes. Sus índices de desarrollo son moderados, la inequidad es alta. El calor y la humedad son una constante. Sus fronteras lo vinculan con grandes potencias futbolísticas: Argentina, Brasil y Uruguay. Con ellas comparte una historia de colonización europea, democracias débiles y desigualdad socioeconómica.
Pero siempre tuvieron algo que los hacía diferentes a sus vecinos. “Paraguay es una isla rodeada de tierra”, dijo hace medio siglo Agusto Roa Bastos, su escritor más prestigioso. Encerrada, en una historia común. Diferente, por su lenguaje único. En esta isla bilingüe están superpuestos el habla del conquistador, el español, y el del conquistado, el guaraní. Hoy, ambas son lenguas oficiales. En la práctica, se hablan a la vez. De esa mezcla de culturas emergió una sociedad compleja y encantadora. Acostumbrada a sacrificios, a luchar y a enamorar.
El primer seleccionador de Paraguay, si es que podemos hablar de ese cargo hace más de un siglo, fue el argentino José Durand Laguna. Conoció Asunción, su capital, en 1919. Tenía 33 años y todavía era futbolista. Como parte del seleccionado argentino, viajó durante 5 días en un vapor, para el primer amistoso de selecciones que disputaron los paraguayos. “Como muchos extranjeros que llegan a nuestras playas se enamoró de nuestra tierra”, afirma el diario ABC que recopiló sus impresiones. Durand Laguna se enamoró, además, de una paraguaya. Formó familia y se quedó a vivir. Murió en esa ciudad a los 80 años, orgulloso de la identidad futbolística que ayudó a desarrollar.
"El fútbol paraguayo es la amalgama perfecta -nunca antes vista- de fuerza, velocidad y sacrificio”, explicaba Durand Laguna. Lo sorprendente de sus palabras es que todavía sirven para definir las cualidades de los futbolistas de Paraguay: “Cada partido lo juegan como si fuera el último. Son aguerridos y su coraje los lleva a exponer el alma en la cancha. (…) Nunca se achican y en la adversidad son como una fiera herida. (...) El juego aéreo que poseen es el mejor de América”.
Admiraba, también, su patriotismo. Para ejemplificar, recordaba que los paraguayos cantaban el Himno Nacional antes de los partidos. Y evocaba al dramático Roque Centurión Miranda, futbolista y, luego, famoso actor de radio y cine paraguayo, que durante los duelos de su selección gritaba "de aquí nadie sale vivo". Luego, exclamaba: "Hasta vencer o morir". Para Durand Laguna, “esa es la selección paraguaya: fresca, agreste y hechicera".
Entonces, los paraguayos llevaban menos de dos décadas jugando al fútbol. El juego que nació en Gran Bretaña llegó a Paraguay a comienzos del siglo XX por William Paats, un diplomático neerlandés. Recién en 1901 se disputó el primer partido, con una pelota que Paats había comprado en Buenos Aires.
Pero el estilo paraguayo ya se venía gestando hacía siglos. Los guaraníes, el pueblo nativo de esa tierra (y de parte de Bolivia, Argentina y Brasil) desde hace 1500 años, jugaban un juego que en Paraguay consideran precursor del fútbol actual. Se llama Manga Ñembosarái. Sacerdotes europeos lo registraron en sus diarios ya en el siglo XVII.
Era un juego exclusivo para hombres, que se dividían en dos equipos. Se jugaba con los pies o la cabeza. La pelota, de arena, caucho y savia, era muy difícil de controlar. Había que pasarla evitando que tocara el suelo. Tenía razón Durand Laguna cuando decía que “está en su sangre la idea de jugar por los aires”. No había arcos, ni tiempo. Los partidos, interminables, finalizaban solo cuando un equipo se rendía, exhausto. Ganaba el que sabía resistir.
El estilo paraguayo, resistir para sobrevivir
Paraguay forjó en Sudamérica una implacable identidad de lucha. Su aguerrido equipo puede no ser el más talentoso pero siempre da pelea. Esa manera de jugar surgió de la unión de tradiciones nativas y extranjeras. Adaptarse y sobrevivir fue una constante en la historia paraguaya. Es una lógica que se repite. Está en las guerras que marcaron su pasado y diezmaron a su pueblo. En sus prendas típicas, como el poncho de 60 listas que tomaron de referencia para anunciar al plantel mundialista. E, incluso, en la forma en la que se desarrolló su Selección.
Desde el comienzo, el equipo paraguayo se nutrió de su entorno. Supo adaptarse a él. Aprendió de la garra uruguaya, del talento argentino y de la belleza del fútbol brasileño. Tomó algo de cada uno y lo utilizó para potenciar su espíritu guerrero. Con esa personalidad se presentó en la primera Copa del Mundo. En 1930 también debutó ante Estados Unidos. Se llevó una dura derrota 0-3, pero se recuperó para sorprender a Bélgica. Le ganó 1-0 y, si bien no le alcanzó para avanzar, mostró que estaban a la altura de la competencia.
Luego, durante un largo período de ausencia, nació una escuela propia. Cuando regresaron a la Copa del Mundo en 1950, su entrenador fue el paraguayo Manuel Fleitas Solich. Su juego fluido fue de los más comentados. Ese Paraguay conquistó su primer torneo sudamericano, tres años después, pero se quedó fuera del Mundial. Volvieron en Suecia 1958, también con un DT nacional. Era Aureliano González Benítez, el capitán en 1930. Destacaron por su poderío ofensivo. Uno de sus delanteros, Cayetano Ré, fue el entrenador de Paraguay en su siguiente Mundial, México 1986. Recién ahí lograron superar la fase de grupos, pero Inglaterra cortó el sueño en 8vos.
En las Copas del Mundo que vinieron después, Paraguay tuvo entrenadores extranjeros. Más allá de sus idiomas, ideas o sistemas, todos entendieron cuál es el estilo paraguayo. Así, consiguieron una continuidad inédita. El ciclo comenzó en Francia 1998, bajo el mando de un brasileño: Paulo César Carpegiani. “Esa fue la mejor Selección”, afirma Chilavert. “Es difícil encontrar otra vez un equipo de guerreros”, asegura.
Ese Mundial, Paraguay pasó su grupo invicto y, en 8vos, hizo sufrir a Francia. “Aguantamos mucho. Pero en un descuido vino el gol y se cayó todo”, recuerda Carlos Gamarra. Los franceses los vencieron en su propio juego. “Sólo nos pudieron superar después de casi dos horas, cuando nos dominó el cansancio", admite Chilavert. Entonces, puso de pie a sus compañeros: "No quería que se llevaran esa impresión de nosotros”. Pese a la derrota ante el futuro campeón, la Albirroja supo luchar. “Nos sentimos como héroes”, agrega el capitán.
En 2002, Paraguay clasificó al Mundial con un entrenador, el uruguayo Sergio Markarian, pero llegó al torneo con otro. El italiano Cesare Maldini se hizo cargo meses antes del debut. Rodeado de críticas, por su estilo y su desconocimiento del fútbol paraguayo, se sostuvo gracias al respaldo de Chilavert. De nuevo, llegaron hasta 8vos. Esta vez, los eliminó Alemania. Para 2006, el DT volvió a ser uruguayo. Aníbal Ruiz completó el ciclo pero no pudieron pasar del grupo.
Con el argentino Gerardo Martino, Paraguay hizo su mejor Mundial en Sudáfrica 2010. A la habitual resistencia, le agregó poder de fuego. “Últimamente se nos puede considerar también uno de los mejores ataques”, afirmaba su goleador, Roque Santa Cruz. Ganó un grupo en el que estaba Italia y en 8vos festejó por penales ante Japón. "No sé si todos los equipos tienen el corazón que tiene Paraguay", destacó su entrenador. Estuvieron cerca de dar el golpe en 4tos. Cayeron ante España, otra vez el campeón, por la mínima diferencia.
Ese Paraguay llegó a ser subcampeón de América en 2012. La derrota 0-3 ante Uruguay en la final, costó más que un título. El dolor los sacó de su eje. Rumbo a Brasil 2014, donde su clasificación se daba por descontada, quedaron últimos en la Eliminatoria. También fracasaron de camino a Rusia y a Qatar. Cuando comenzó la clasificación para el Mundial 2026 con apenas un triunfo en seis partidos parecía evidente que volverían a fallar. Pero, justo a tiempo, apareció Gustavo Alfaro y les recordó cómo juegan los paraguayos.
Alfaro recuperó la identidad de Paraguay rumbo al Mundial 2026
La fría noche de Filadelfia, Estados Unidos, está a punto de calentarse por un lateral. Estamos en 2025. Minuto 91. Paraguay pierde 1-2 un amistoso ante los locales. La pelota sale del campo a la altura de la línea central. Alfaro la alcanza con su zapato derecho para que Gustavo Gómez saque rápido. Alex Freeman la toma también entre sus manos y quedan abrazados con el balón entre ellos.
Mientras forcejean, un tornado de compañeros, suplentes, entrenadores, árbitros y hasta un camarógrafo, se forma a su alrededor. Intercambian empujones y golpes de puño. La escena, resignificada ahora que volverán a enfrentarse, describe la intensidad con la que juega este Paraguay. Alfaro ya lo había anticipado al tomar el mando: "No puedo prometer resultados. Lo que puedo garantizar es que los jugadores disputarán cada pelota como si fuese el destino más importante de sus vidas".
El entrenador argentino conduce con la palabra. Destaca por sus declaraciones calmas y filosóficas más que por sus planteos tácticos, siempre ordenados y cautelosos. Tras llevar a Ecuador a Qatar, Alfaro asumió como técnico de Paraguay en 2024 con un discurso claro y motivador, que recuperaba su esencia: "Para llegar al final hay que ser resistentes y este es el tiempo donde hay que resistir”.
Por entonces, la Albirroja estaba 7ma entre diez seleccionados y solo tenía cinco puntos tras seis jornadas. Apenas un gol y una victoria. "Me gustaría que Paraguay sea el equipo al que nadie quiere enfrentar, que luche más que los demás”, afirmó en su presentación. Lo logró casi de inmediato. Debutó con un 0-0 ante Uruguay en el estadio Centenario. Luego, le ganó 1-0 a Brasil, en Asunción. Con Alfaro, Paraguay sumó en 11 de sus 12 partidos por Eliminatorias. Clasificó una fecha antes del final y quedó a solo un punto de Brasil, que fue segundo.
A partir de un lenguaje familiar, Alfaro construyó un equipo fuerte y combativo que sabe adaptar sus cualidades físicas y mentales a las necesidades del juego moderno. Paraguay se volvió una amenaza en la presión y la pelota parada. Con un vocabulario optimista y motivador, aprovechó cada declaración y cada entrenamiento para formar un Paraguay molesto.
“Hoy la selección es eso. Toma el ejemplo histórico de lo que definió al Paraguay como nación: la resistencia”, asegura Alfaro. Su discurso encaja a la perfección con el fútbol paraguayo. En su pasado encontró las palabras necesarias para encender a sus jugadores y a todo un país. Reforzó sus ideas, y su táctica, con gestos potentes. En el comedor de la concentración mandó a colgar fotos de las últimas selecciones clasificadas. A un lado quedó un cuadro vacío, iluminado. “En ese agujero negro tienen que colgar su foto”, les dijo. Los hizo creer y les mostró que podían. Les dio el enfoque necesario para volver al Mundial.
La Albirroja consiguió el boleto en un empate sin goles ante Ecuador. Alfaro celebró la clasificación develando su fórmula: "Había que recuperar el ADN de Paraguay: su garra y templanza para expresar su fútbol". Rumbo al Mundial, el equipo mostró la misma perseverancia que está en su identidad. "Es mejor clasificar así. Después de tanto luchar, de no desistir", expresó Gustavo Gómez, su capitán, todavía dentro de la cancha. Completó el mensaje en las redes sociales: “Está en nuestra sangre: rendirnos jamás”.
Recuperado ese espíritu combativo, Paraguay regresa al Mundial 2026 con un objetivo claro. "Es el momento de ir a conquistar y defender el prestigio", dice su entrenador. Lo que consigan, lo construirán sobre las huellas de su historia. “Recuerdo 2010: Estuve en Johannesburgo”, afirma Alfaro sobre el último partido mundialista, la caída ante España. “Sentí tristeza porque el equipo estuvo cerca de una victoria épica, pero como hincha del fútbol sudamericano me fui reconfortado por esos guerreros que dejaron la piel".
Paraguay puede perder, pero nunca dejará de intentarlo. "Estamos acá para insistir, persistir, resistir y nunca desistir”, asegura Gustavo Gómez, su líder futbolístico. Habla con orgullo de la misión con la que se presentan al Mundial 2026. Como lo hicieron antes, en Lens o en Pretoria, la Albirroja luchará hasta el agotamiento. Con esa mentalidad pisarán el campo de juego en Inglewood, para enfrentar a Estados Unidos. Así lo exige su historia.
