BARCELONA -- Pocas veces una victoria del Barcelona en el Bernabéu habrá provocado tanta controversia como la del jueves. El Barça más defensivo (excelente en esa faceta), ramplón y empequeñecido que se recuerda sacó medio boleto para la Final de Copa derrotando a un Real Madrid más intenso, ampliamente dominador, ofensivo... E impotente. Baste decir que el equipo de Ancelotti no fue capaz de disparar a la portería en todo el partido.
El Real no remató a portería, Karim Benzema (excepto en la jugada del gol anulado) fue una calamidad, a Vinícius Júnior le aburrió Ronald Araújo y se perdió en protestas casi histéricas cuando fue amonestado, Toni Kroos apenas apareció y el único sistema del que tiró el equipo fue de centrar balones al área, hasta 31, para no poder, ni saber, transformar su evidente dominio en goles. Y, sin embargo, todo el foco se puso, se sigue poniendo, en el Barccelona.
Un palomo no hace verano fue una de esas frases geniales de Johan Cruyff que expresa ahora un hecho incontestable: se antoja fuera de lugar, inaudito, que tras un partido, UNO, en el que el Barça le cedió (ya fuera por obligación o, incluso, por devoción) la iniciativa al rival se diga que el equipo azulgrana ha perdido su esencia, su personalidad o su filosofía.
La imagen global, futbolística, del Barcelona fue irreconocible, sí... Pero lo fue en un partido concreto, para nada suficiente como para tener que escuchar o leer que se ha convertido en un equipo pequeño, que se abraza al ganar de cualquier manera, que ha abrazado los sistemas de Simeone, de Bordalás o de quien sea que antepone el resultado, siempre, por encima de su propio historial futbolístico.
'La Xavineta es un autobús’, se leyó en el encabezamiento de una crónica, condenando al Barça sin caer en la cuenta que enfrente el Madrid careció de recursos para derrotarlo. Como si Xavi, el barcelonismo entero, tuviera que pedir perdón por ser capaz, con suerte o sin ella, de haber ganado un partido sin jugar o querer (o poder) jugar a lo que acostumbra.
Como si el Barça tuviera que pedir permiso para vestirse con un disfraz distinto al que acostumbra, como si tuviera que suplicar clemencia. El 20 de abril de 2011 el Madrid ganó la final de Copa en Valencia (gol de Cristiano Ronaldo en la prórroga) acumulando una posesión de balón del 30 por ciento y completando 184 pases por 816 del equipo azulgrana; el 16 de abril de 2014 el Real le volvió a ganar la final de Copa al Barça con una posesión del 35 por ciento (la que ayer tuvo el Barça) y nadie, ni en 2011 ni en 2014, se rasgó las vestiduras, al contrario, por esa apuesta que resultó ser ganadora.
Pero al hablar del Barça el discurso varía totalmente y hasta el propio Xavi, en la sala de prensa del coliseo merengue, tuvo que argumentar y reconocer el jueves, a duras penas, que su equipo había ganado con una imagen alejada de la esencia. Lo hizo, con cordura, y casi se diría que disculpándose por la forma.
Nunca en un Clásico una victoria había sido puesta tan en cuestión... Lo nunca visto.
