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Conexión venezolana crea vínculo fuerte en el camerino de los Tigres

Antes de un juego reciente en Minneapolis, el primera base de los Tigres de Detroit, Miguel Cabrera, llegó a la casa club, sacó de su casillero en el vestidor una bolsa de supermercado repleta de recipientes Tupperware y se dirigió al lugar donde sus compañeros de equipo jugaban cartas a pocos metros de distancia. El estelar toletero no dijo nada pero estableció contacto visual con Víctor Martínez y mostró la mercancía, sonriente y regodeándose.

La comida casera había llegado.

El lanzador Mike Pelfrey, sentado frente a Martínez, se dirigió a Cabrera y con escepticismo preguntó en tono de broma "¿Y para los gringos?", con la esperanza de que lo incluyeran en el festín culinario.

Cabrera se rio y agitó juguetonamente el dedo.

De todo lo que extraña de su tierra natal -- la gente, las espléndidas vistas, la cultura vibrante -- Cabrera se alegra de poder disfrutar de la comida venezolana en los Estados Unidos. Sabe que también es un consuelo para su compatriotas, como Martínez.

Los Tigres, uno de los cuatro equipos de las Grandes Ligas que aún cuenta con una academia de béisbol en Venezuela (la mayoría de los clubes han cambiado sus operaciones a la República Dominicana), son un microcosmo del gran flujo de talento venezolano en las Mayores.

Se podría decir que el club cuenta con el contingente venezolano más fuerte, no solo en virtud del número de jugadores, sino también de los importantes hitos que han alcanzado entre ellos. Está Cabrera, uno de los bateadores más prolíficos de todos los tiempos, antiguo ganador de la triple corona y dos veces MVP de la Liga Americana, con cuatro títulos de bateo en los últimos cinco años. Está Martínez, cinco veces Todos Estrellas y dos veces ganador del premio Bate de Plata. Entre los lanzadores está Aníbal Sánchez, quien encabezó la Liga Americana con la efectividad (2.57) más baja de todos los abridores en el 2013, y el lanzador de cierre, Francisco Rodríguez, líder activo en MLB en juegos salvados (393), quien llegó en la temporada baja tras un acuerdo con los Cerveceros de Milwaukee. Después, obviamente, está Omar Vizquel, uno de los paradores en corto venezolanos más grandes de todos los tiempos, quien actúa como entrenador de primera base del club.

Algunos de estos jugadores ya se conocían desde antes de encontrarse en Detroit. Cabrera y Sánchez son originarios de Maracay, una ciudad en la costa norte, y se conocen desde que eran niños. Cabrera y Rodríguez, de Caracas, también se conocen desde hace muchos años. Los dos se enfrentaron en la liga infantil cuando eran niños. Martínez creció en el sur, en una ciudad llamada Ciudad Bolívar, en una zona mucho más agrícola que las metrópolis industriales del norte. Las diferencias geográficas no significan gran cosa para estos hombres, considerando todo lo que comparten: un amor por su país, un amor por el béisbol y un entendimiento de cómo se entrelazan ambos.

En ningún caso es un santuario interior inviolable o una alianza automática, pero es un fuerte espíritu de hermandad y una afinidad especial difícil de replicar.

Ayuda contar con compañeros de equipo que te comprenden, especialmente para aquellos, como Rodríguez, que son nuevos en el equipo.

"Hay una familiaridad que hace que todo sea mucho más fácil", dice Rodríguez. "Incluso si no te han presentado a un compañero de equipo, pero sabes que es venezolano, sabes qué es lo que quiere, cuáles son sus gustos. Por una u otra razón, hay química".

Sánchez comentó que conoce a Martínez desde apenas hace algunos años pero inmediatamente se sintió vinculado a él debido a los puntos de referencia en común.

"Tal vez compartes una historia de cuando eras niño, algo común para los dos", dijo Sánchez. "Conocí a Víctor por primera vez en el 2012, cuando salió de la lista de jugadores inactivos. Es un gran tipo, somos compatriotas y tenemos mucho de qué hablar. Platicamos mucho de cualquier cosa y eso hace que sea más agradable. Al final del día, pasas más tiempo aquí que con tu propia familia".

El vínculo es evidente en la casa club de los Tigers, y se muestra en las trivialidades cotidianas de la temporada de 162 juegos así como en los grandes logros.

Tomemos como ejemplo el más reciente logro de Martínez. Registró su carrera remolcada 1000 durante una visita reciente a Kansas City y se convirtió en apenas el quinto jugador venezolano en alcanzar dicho hito, junto con jugadores de la talla de Cabrera, Andrés Galarraga (1425), Bobby Abreu (1363) y Magglio Ordóñez (1236).

Al término del partido, Martínez habló sobre lo orgulloso que se sentía, aunque los reporteros se vieron obligados a acercarse cada vez más a él. Era cada vez más difícil escucharlo debido a las estentóreas celebraciones de Cabrera a unos cuantos metros de distancia. Nadie estaba más emocionado por Martínez que Cabrera y se lo dejó saber a todos en la casa club y a aquellos que permanecían lo suficientemente cerca para oír en el pasillo vecino.

Cabrera ha visto a Martínez trabajar duro en las jaulas de bateo y aguantar las lesiones y el escrutinio y las dudas en los últimos años. Sabe lo que este logro significa para su compañero de equipo, y también significaba mucho para él.

"Me hizo sentir bien", dijo Cabrera. "Me hizo sentir orgulloso".

Este sentimiento de orgullo nacional es fuerte en la casa club de los Tigers, pero va más allá de las paredes del club. No solo los compañeros de equipo de Martínez se dieron cuenta.

"Desde luego", dijo Vizquel. "Si le preguntas a cualquier jugador de los Filis de Filadelfia de la Liga Nacional, que ni siquiera juega en nuestra división o liga, te dirá, 'Vaya, no puedo creer que Víctor Martínez tenga 1000 RBI'... lo reconocen. Produce un sentimiento de orgullo".

El respeto mutuo -- no solo entre compañeros de equipo, sino también entre adversarios -- se construye con el conocimiento de lo que vino antes de ese hit, todo lo que conllevan los contratos lucrativos. La mayoría de la gente no capta lo difícil que es llegar a las Grandes Ligas, mucho menos venir y jugar en un país extranjero desde una edad tan temprana.

Rodríguez tenía 16 cuando llegó a los Estados Unidos. Recuerda que lloró durante todo el viaje en avión. Si no hubiera sido por un miembro de los entonces Angelinos de Anaheim, que viajó con él, no está seguro de que lo hubiera hecho.

"Tenía 16 años. Nunca me había ido de casa. Nunca había dormido fuera de mi casa. Y, de pronto, te vas a un país nuevo donde no conoces el idioma, no conoces la cultura, no conoces a nadie y no sabes qué esperar. No sabes dónde dormirás o comerás", le dijo Rodríguez a ESPN.com. "Es bastante aterrador".

¿Aún extraña algunas cosas?

"Todo. Mi gente. Es decir, todo", dijo Rodríguez. "En realidad, llevo más tiempo en los Estados Unidos que en Venezuela, porque ya llevo 17 años viniendo y llegué aquí cuando tenía 16. Pero allá están mis raíces. Es mi familia, son mis amigos, primos, enemigos, no enemigos, los que me odian, los que no me odian. En ocasiones das por sentado lo que tienes".

Cabrera también habla sobre Venezuela con un cariño que deja claro que la nostalgia en realidad nunca desaparece.

"Nuestro país es hermoso. Tenemos montañas, nieve y grandes playas", dijo. "Tenemos todo lo que te puedas imaginar. Lo tenemos. Venezuela es hermoso".

Pero es su gente -- la calidez y la exuberancia de la cultura -- lo que Cabrera extraña más.

"¿Sabes qué es lo que más extraño? La gente. Puedes ir a cualquier casa y pasar tres o cuatro horas hablando de béisbol. Se habla de béisbol todos los días, a cualquier hora. Bromean contigo. Eso es lo que extraño", dijo, describiendo la incesante atracción de los deportes de barrio, como el dominó, básquetbol, béisbol callejero, cualquier cosa. "Siempre quieren competir. Eso es lo que más me gusta".

Hay razón suficiente para justificar el amor tan puro por el béisbol en aquel país, un lugar que está sumergido en una creciente inestabilidad económica, temas políticos espinosos, crimen y pobreza. Este deporte les permite escaparse de las sombrías realidades de la vida en un tumultuoso estado socialista.

"Venezuela no está pasando por un gran momento en la actualidad y el béisbol es una salida, una vía de escape. La manera que tienen de expresarse, les permite olvidarse de lo que está sucediendo y les brinda una oportunidad de hacer algo sano, algo divertido", dice Vizquel. "Así que cada vez que un jugador como Víctor se anota un RBI o Miguel batea un jonrón o establece un récord nuevo, es una gran noticia. Es una noticia reconfortante. Es como, 'Vaya, eso es impresionante. Estos muchachos están sobresaliendo allá', y les da esperanza a todos los niños. Quieren seguir los pasos de sus ídolos y hacer lo mismo".

Es por esta razón que es tan importante que tantos de estos jugadores retribuyan y mantengan un vínculo profundo con su país de origen.

El hijo de 11 años de Martínez, Víctor José, ha viajado a Venezuela con él en numerosas ocasiones, aunque no en los últimos años. Venezuela es uno de sus lugares preferidos para visitar, y se le hace agua la boca cuando hablamos de arepas o hot dogs con salsa rosada (una mezcla de salsa de tomate y mayonesa).

Rodríguez aún pasa la temporada baja. Al igual que Cabrera, consigue la ayuda de guardaespaldas -- una necesidad en estos momentos de tanto peligro. Quiere que sus hijos conozcan el lugar donde creció -- el Barrio Kennedy, una de las zonas más peligrosas de Caracas -- pero también quiere protegerlos de las crudas realidades.

De niño, Rodríguez veía cómo la gente resolvía sus diferencias con peleas a puño limpio en las calles. No era extraño que alguien sacara un cuchillo en un intento de asalto, pero no se compara con la situación actual.

"Ahora vez a tipos con AK-47, granadas y todo tipo de pistolas", dijo Rodríguez.

Su padre solía organizar asados en la colonia, con juegos de básquetbol y bolas criollas. Ahora, las puertas se cierran a las 4:00 p. m.

"Quiero que sepan exactamente lo difícil que era, lo difícil que fue llegar a donde me encuentro hoy", dijo. "Pero, al mismo tiempo, como padre de familia, no quieres tomar riesgos".

Por primera vez en tres años, Cabrera viajó en el invierno, dos veces. Primero, cuando su fundación ayudó a construir el estadio de la ciudad natal de José Altuve en enero y, durante algunas semanas, para las elecciones de diciembre. Fue una experiencia muy esclarecedora y una Venezuela distinta a la que conoció de niño.

Cabrera admite que puede ser atemorizante viajar con guardaespaldas, aunque, por lo general, la gente cuida de él. Comprende por qué hay tantos disturbios y descontento. La gente no tiene suficiente dinero ni comida para alimentar a sus hijos, y la desesperación puede llevar a la imprevisibilidad.

Cabrera descartó entrar en la esfera política de su país ("No, es un mundo distinto. Prefiero seguir haciendo lo que más amo: jugar béisbol"), aunque eso no significa que no sea importante ayudar.

En la actualidad, dirige campamentos de verano de béisbol para niños, facilita becas y educación a quienes lo necesitan. Hace poco, un amigo y él adquirieron la academia de béisbol que los Marineros de Seattle cerraron recientemente.

Cabrera quiere abrirla para niños, para motivarlos a jugar béisbol y ayudarles a que sobresalgan académicamente. No solo siente una pasión por el deporte, también tiene un gran sentido de responsabilidad.

"Debes hablar en nombre de todos. Como beisbolistas tenemos ventajas, así que debemos hablar en nombre de toda la gente que vive allá, de la gente que se siente insegura", dijo.

Aunque ya no viva ahí, tal como atestiguan él y sus compatriotas venezolanos, el vínculo perdura. El amor por su país es inagotable. Forma parte de su pasado y quiere ser parte de lo que espera sea un mejor futuro.

"No podemos pensar en que las cosas van a empeorar", dijo Cabrera. "Debemos comenzar a pensar en que la situación va a mejorar".