Los Warriors son los grandes perdedores de la temporada baja en la NBA

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La última Dinastía de la NBA (0:43)

Los Warriors viven su propia pesadilla intramuros. Todo lo que imaginaron, todo lo que soñaron, todo lo que idealizaron para la temporada que dará comienzo en octubre, desapareció en un chasquido de dedos. La chance de un último baile a la manera que Stephen Curry merecía quedó solo en ilusión cuando LeBron James eligió Philadelphia por encima de San Francisco.

El Rey será némesis de Steph hasta sus últimos días como jugador.

Las dinastías traen consigo momentos de soledad. Hay muchos ejemplos, y quizás el más drástico de las últimas décadas haya sido el de Chicago Bulls post Michael Jordan. Después de la máxima grandeza, de los seis campeonatos y de gobernar como ningún otro equipo profesional durante los años 90, los alrededores del United Center fueron tierra arrasada. Salvo por el breve y eléctrico paso de Derrick Rose, desde entonces solo reinó el silencio.

Golden State empieza a ver esa señal de peligro a metros de distancia. Curry, el mejor tirador de la historia del básquetbol, el hombre que extendió el rango de lanzamiento y modificó el juego para siempre, tiene 38 años, y su sueño de competir por otro trofeo Larry O'Brien ya es pura fantasía. Jimmy Butler, destinado a ser su socio deportivo, se recupera con 36 años de una lesión de ligamentos cruzados y Draymond Green declinó a fines de junio una opción de jugador de 27.7 millones. Es cierto, está próximo a firmar por una suma similar tras conocerse la nueva 'Decisión' de James, pero Golden State ya no cambia ninguna métrica con fichar a quien fue el Darth Vader de la Liga. Al Horford supo ser gravitante, pero ya pasó los 40 abriles y Kristaps Porzingis, de 30, tiene un historial plagado de lesiones. La dirigencia avanzó por De’Anthony Melton mientras otros jugadores capaces de aportar algo más, como Anfernee Simons, aparecían entre las alternativas del mercado. Ah, me olvidaba: Moses Moody, otra pieza que acostumbró a usar Kerr con frecuencia, aún se recupera de una rotura del tendón rotuliano.

Los Warriors pasaron de la nostalgia a la esperanza y finalmente a la dura realidad

La escena al final de los playoffs pasados conmovió al mundo: Kerr, Green y Curry se abrazaron tras perder ante Phoenix Suns en el play-in. Fue, sin saberlo, la muerte de una época. En esos segundos desfilaron por nuestra memoria y nuestro corazón instantes deportivos de todo tipo. Drama, comedia, épica, alegría, éxtasis. Fue como contemplar a Joey, Chandler y Ross despidiéndose para siempre en Friends.

Sin embargo, meses después, ese puñal con forma de nostalgia pareció ser un error de interpretación. Green rechazó su opción de jugador, LeBron anunció que saldría de los Lakers, y la ilusión de juntar a LeBron con Steph, rivales deportivos de años, dos muchachos nacidos en Akron con 39 meses de diferencia en el mismo hospital, empezó a flotar en el aire como nunca. Pero claro, aparecieron Miami Heat, Cleveland Cavaliers, Minnesota Timberwolves y finalmente los Sixers, que lograron inclinar la balanza en el último round de negociaciones.

Los Warriors, sumidos en la desazón, quedan ahora con un equipo viejo y sin una incorporación capaz de modificar su techo competitivo. La única apuesta joven de peso es Yaxel Lendeborg, procedente de Michigan. Ni LeBron, ni Giannis Antetokounmpo, ni nada por el estilo. La gerencia general conducida por Mike Dunleavy Jr. fracasó en el intento de darle el último regalo al mejor jugador de la historia de la franquicia: un roster competitivo para ir por todo. En el último año de su contrato, por el que percibirá 63 millones de dólares, Curry afronta la decisión de extender o no su vínculo, algo que empezará a discutirse en un mes. Pero la duda es generalizada en el mundo NBA, porque Golden State tiene uno de los problemas más dolorosos que ocurren: no son tan malos como para ser de lotería ni tan buenos como para pelear el campeonato. En otras palabras, este núcleo, tan emblemático de los últimos años, jugará la próxima temporada solo para cumplir.

Stephen Curry puede declinar su extensión de contrato con los Warriors

Si bien Curry dijo que nunca cambiaría de equipo, podría decir que no a esa extensión. El dueño Joe Lacob, que le juró fidelidad eterna a su estrella (merecida, claro), podría ver que con Steph no llega y que es momento de tomar decisiones tajantes. Esta temporada que se viene, recuerda a algunos a la de 2019-20, cuando Klay Thompson se rompió los ligamentos cruzados, Kevin Durant se fue a Brooklyn Nets, Curry se lesionó y terminaron con un papel tan malo que se quedaron con el pick 2 de Draft, sorteo en el que eligieron a James Wiseman y se perdieron, por ejemplo, a LaMelo Ball, Tyrese Haliburton y Deni Avdija, integrantes de la misma clase.

Conducidos por Kerr, no tiraron la toalla. Se recuperaron y lograron ganar el campeonato 2021-22 en unas inolvidables Finales ante Boston Celtics. Pero ese mundo, esa NBA, esas estrellas, ya no existen. Curry necesitaba ahora lo que buscó -y encontró- LeBron: sangre fresca, piernas jóvenes, promesas con hambre que se muevan por él. Ser la cereza del postre, el toque de calidad que hace la diferencia.

Los fanáticos pueden quererlo fuerte, pueden ilusionarse una vez más, pero así ya no pueden. Los Warriors se quedaron esperando por James y el Rey les cerró la puerta en la cara. Por esta razón, y porque no protegieron a su leyenda al no rodearlo como corresponde, son hoy los grandes perdedores de la temporada baja.

El tiempo, maldito tiempo, no perdona a nadie. Ni siquiera a un genio inigualable como Stephen Curry.